Argel,
1991
Llego cansada al hotel, de vuelta de una primera incursión
por la casbah de Argel. Toda la ciudad como el interior de una casa
en fiestas entrevisto apresuradamente. En todas las calles, una riada
de hombres llevados de una agitación que, cuando oscurecía,
en el intervalo desde las farolas apagadas a la noche confirmada,
cargaba la atmósfera de amenaza y de recelo, como el lomo arqueado
de un gato. La calle era un río de ojos en busca de un indeterminado
anclaje. Las miradas reconocían mi presencia con curiosidad
hostil, la de cada uno de los que se preguntaban por las razones de
mi viaje, no sólo qué haces aquí, no es época
de extranjeros sino, mujer europea, dinos si tus ropas y tus costumbres
son las que vemos en la televisión. Los hombres se mueven en
grupos densos como bandadas de estorninos y llenan las calles, desocupados,
mientras las chicas y las mujeres jóvenes desertan de los cafés
y las universidades, se encierran en casa (de donde las mayores nunca
salieron) y renuncian al milagro de la liberación porque, dicen
sotto voce los argelinos educados en Francia, todos los sueños
fracasaron y ya sólo queda administrar la derrota. Cientos
de chiquillos jugando en la plaza de las arcadas, cientos de hombres
deambulando sin trabajo. Tropecé en mi caminata con un hombre,
occidental, de unos treinta y pocos años, que en una terraza,
tan ambientado en el lugar como una palmera solitaria, la pequeña
cámara de fotos Olympus plantada en la mesa apuntando a la
orilla de la infinita corriente, removía en su vaso esa misma
pregunta. Qué haces tú aquí. Detuve mi paso dubitativo,
el cúmulo de imágenes de diez días, en un cruce
de calles fronterizo con Bab-el Oued.
Apostado en una acera, junto a un semáforo errático,
un viejo loco con chilaba celeste cantaba su locura. Los transeúntes
lo miraban sin compasión ni asombro y él repitió
sus palabras para los que cruzaron en sentido contrario cuando el
semáforo cambió de luz. ¿Fue Alfonso el que dijo
que el loco está más cerca que ningún hombre
del verdadero conocimiento? Recogí mi estupor y mis pasos cuando
el semáforo se puso en verde y volví al hotel.
En
el vestíbulo, dos bultos duermen arrebujados sobre unos bancos
de madera. Entre los pliegues de la capucha de la chilaba asoma una
mata de pelo negro y rizado. Duermen amparados en la ilusión
de la espera y todos los días se les hacen salas de embarque
y andenes de estación. Un vigilante fastidiado pero tenaz se
acerca y les sacude regularmente. Se despiertan, rezongan, se incorporan.
Esperan a que el otro vuelva a su puesto y entonces se tumban sobre
el otro lado del cuerpo.
Pido mi llave en recepción. El chico de la centralita consulta
en el libro de registro y después me mira pronunciando mi nombre,
como quien muerde una moneda para averiguar si es falsa: Amaya-Algar-Pardo.
Luego me entrega la llave con el número 36. Sin darme tiempo
a llegar al ascensor, abandona de un salto elástico la silla
giratoria en la que hasta mi llegada interpretaba con mucha complacencia
el papel de portero de noche ensimismado en secretos y abyectos pensamientos.
La gorra azul marino, con el nombre de otro hotel, de lado sobre la
cabeza. Me cede el paso en el ascensor, una jaula metálica
para cuatro personas pintada de blanco roto que acumula porquería
en todos los rincones. Pero él cierra la puerta con la parsimonia
de un groom de hotel de lujo sin dejar de mirarme insistente; demasiado
insistente incluso para lo que es costumbre aquí.