En
algunas ocasiones se ha considerado a Joseph Conrad un autor de novelas
de aventuras, un autor de lo exótico. Tal vez lo sea, siempre
y cuando aclaremos que sus aventuras no se ajustan al canon de la peripecia
en ambiente exótico. Aunque las novelas de la primera mitad del
siglo XIX, con argumento de las memorias de exploradores, puedan considerarse
antecedentes de su obra literaria, la biografía del propia autor
impide que su creación novelística se vea limitada por
la etiqueta de <<novela de aventuras>>. Conrad, novelista
exótico, sí, pero de une exotismo diferente, incluso en
la localización del escenario de sus novelas. Si el exotismo
de Loti o de Hearn se ubicaba en Japón, el de Kipling en la India,
y el de Ségalen en China y Tíbet, el de Conrad contempla
la exploración del archipiélago malayo; ello no impide
que su novela más conocida, y una de las mejores –Heart
of Darkness (El corazón de las tinieblas)—transcurra
en África (donde, como Rimbaud, persiguió nuestro autor
el espejismo de una riqueza inmensa e inmediata) y que disperse a sus
personajes por otros territorios, si no exóticos sí lejanos
: Nostromo transcurre en América Latina; Under Western
Eyes (Bajo los ojos de Occidente), en Suiza y Rusia; El regreso
y The Secret Agent (El agente secreto), en Londres; Tifón
en el mar de la China, Una sonrisa de la fortuna en el océano
Índico, y Victoria transcurre en el Pacífico.
Con todo, no existe similitud alguna entre Conrad y los autores antes
citados, para quienes el paisaje constituye un elemento fundamental,
al mismo nivel que el personaje; un pretexto para la peripecia, que
deja mostrar las cualidades y habilidades del protagonista, así
como las virtudes de la sociedad que éste representa. Ese protagonista
es, por tanto, la imagen a escala reducida del grupo social que defiende.
Conrad no admitía que se le comparara con Kipling, pues la aventura
de sus protagonistas introduce elementos que van más allá
de la peripecia; la exploración se ha interior, el protagonista
es un solitario aun cuando actúe, influya y deje su impronta
en un grupo. El tema fundamental no es la aventura en un país
exótico sino el exilio. Sus personajes son héroes de un
mundo moderno y sus conflictos, sus pruebas, son los del hombre moderno
que tiene como paisaje de su aventura principal las complejidades de
su conciencia. El momento histórico, con la aventura colonial
de fondo y la progresiva caducidad de los ideales románticos,
alimenta la noción del exilio y, no del todo paradójicamente,
propone con sus escenarios exóticos el lugar donde se dilucida
el debate; en todo caso es secundario si se resuelve en triunfo o en
fracaso: el interesé del relato culmina en el planteamiento de
la disociación de la conciencia del hombre ante sus propios actos.
En
Conrad el paisaje –el mar, las islas, los puertos donde se permanece
sólo en espera de un nuevo embarque, la selva africana, el curso
ruidoso del río, las ciudades entrevistas siempre extrañas—significa
algo; las cualidades que pone de manifiesto actúan como alegoría
de la aventura del personaje, señalando sus pasos.
Ya dijo Cesare Pavese que la predilección de Conrad por los lugares
lejanos e insólitos no obedecía al capricho ni a una necesidad
literaria de pintoresquismo. Su referencia al paisaje, advertía
el poeta italiano, está supeditada a la evocación de un
clima particular de emociones <<que lima los aspectos vivaces
hasta disolverlos en un ambiente nostálgico e introspectivo>>.
Una figura clave es el mar. <<El escenario conradiano nos impregna
como el espacio de nuestra vida cotidiana y eso da un mayor relieve
a la presencia de ese lugar de memoria relacionada con la lejanía,
tan intensa e imparable que tenemos la impresión de recorrer
el orbe encantado de un símbolo o de un mito.>> El encantamiento
depende de la nostalgia de un hombre maduro que con sus novelas vuelve
a recorrer los escenarios de la juventud, revelando así que el
mar es <<un lugar del alma>>, un escenario interior, <<una
ruta inquieta en vista de la costa, una indecisión que puede
convertir el más banal de los acostamientos en el inicio de una
sorprendente y absurda aventura de juventud, de pasión, de destino.>>
A esta imagen, de simbolismo más o menos explícito, se
suma la del propio barco, metáfora de un cuerpo vivo que puede
conocer diferentes estados: ya sea la decrepitud de la vejez o la vitalidad
juvenil. El barco tiene un lenguaje propio que el capitán conoce
e interpreta y, en ocasiones, recursos propios.
Estas imágenes fácilmente sugieren el movimiento; luego,
quienes lo viven encarnan la imposibilidad de permanecer, sabiéndose
siempre exiliados, fugitivos. A ello se añade el tema de la falta
y de la expiación. Los personajes conradianos son acusados o
se inculpan de una falta que les deshonra ante la comunidad, aunque
el tribunal más duro son ellos mismos; esa falta tiene que ver
con la posición que creen ocupar frente al grupo. Al dejar de
actuar conforme a lo que le obliga su posición, Lord Jim debe
redimirse de una falta de cobardía; por su parte, Kurtz expía
con sus internamiento y su comunión con la jungla su megalomanía,
que le había llevado a creer que podría sustraerse a su
poder dominándola. El mayor castigo consiste en verse apartado
de la civilización, forzado a vivir entre seres de una civilización
inferior, de donde se colige que la imposibilidad de establecer una
comunicación les reduce doblemente al silencio, es decir a un
doble exilio.
El
paisaje inspirador
La
biografía de Conrad es en muchos aspectos, si no en todos, una
novela que repite exhaustivamente los elementos emblemáticos
de su creación literaria. Podría afirmarse que sus argumentos
novelescos son variaciones sobre el tema capital de su propia vida,
el del hombre que nunca habita en su tierra, por ser ésta inexistente,
al carecer de una primera memoria donde localizarla, del mismo modo
que no posee una lengua propia aunque se apropie de un idioma, el inglés,
por carecer también de memoria de esa lengua. El tema de exilio
del hombre en perpetua fuga. Conrad formula el extrañamiento
recurriendo a la superposición de voces literarias, a la hora
de hacer recuento de su viaje (Dice él mismo: <<La vida
que pasé a través del vasto mundo está contenida
en mis libros.>>) La aventura literaria es, al contrario que en
Rimbaud, si bien para significar lo mismo, la réplica simétrica
–un eco que adopta una forma escrita o la de un itinerario--,
de la aventura de su vida. Y para ambos, la escritura es un tormento,
aunque es el tormento de extraer de si lo que no les deja nada más
vivir.
El padre de Joseph Conrad fue una figura romántica, no sólo
por su compromiso con la revolución polaca sino también
por su actividad de poeta, escritor y traductor del inglés y
el francés. En los primeros años de vida de Teodor Jósef
Konrad, el padre se hallaba dedicado a la causa antirrusa, por lo que
fue arrestado y obligado, después de un juicio, a la deportación
a Rusia del Norte. A la insurrección polaca siguió la
represión. La tensión de los acontecimientos afectó
la salud, ya precaria, de la madre, que habría de morir de tuberculosis
en 1865. La orfandad convierte al niño Conrad en una criatura
triste y solitaria, con problemas nerviosos que le abrumarían
a lo largo de toda su vida. El padre murió en 1869 habiendo quemado
antes todos sus papeles, escena en la que estuvo presente su hijo. Su
tío Thadeo Bobrowski si convierte en su tutor. En 1873 se nos
presenta una imagen "airada" del muchacho, involucrado en
un idilio con la hija del director del centro donde Conrad está
pensionado. Su tío considera preferible acceder a su deseo de
ser marino, para lo cual el futuro escritor parte hacia Marsella. Se
inicia así el periodo fundamental de la vida de Joseph Conrad.
Las experiencias de estos años acabarán recogidas de diferentes
maneras en su obra literaria, de una forma que posibilita dos lectura,
una complementaria de la otra, para hacer exhaustiva sin llegar a agotar
ninguna de las dos el sentido que encierran. Ese sentido no es estrictamente
psicológico pues se refiere sobre todo a los mecanismos de la
creación literaria. La familia Chodzco, polacos de la alta burguesía
exiliados en Francia desde hacía una generación, le acogen
en su casa. Dos miembros de dicha familia ocuparon un lugar señalado
en la biografía de Conrad: Victor, el primogénito, que
se había convertido en marino, desatendiendo las expectativas
de una familia de inclinaciones culturales, y su hermana Teresa, cuya
figura está presente, con sutiles variaciones, en todas las heroínas
del escritor hasta conformar un prototipo. En 1874 el nuevo marinero
se embarca a bordo del Mont Blanc, con rumbo a las Antillas, en un viaje
de cinco meses. Exactamente un año después de esta primera
salida, Teresa pierde la vida, al parecer por suicidio. La desaparición
súbita de la mujer amada se convierte en un leit motiv de sus
novelas, lo mismo que el carácter romántico y fuerte a
la vez de las figuras femeninas. Conrad evoca repetidamente esta desaparición,
que en su obra se presenta encarnada en mujeres jóvenes a quienes
la infelicidad del matrimonio condena a una vida de desaliento de la
que sólo podría salvarlas el amor de un hombre joven.
En 1876, Conrad vive un periodo confuso, frecuentando ambientes diversos:
la bohemia marsellesa y los ambientes donde se simpatizaba con la causa
carlista, lo que le pone en contacto con personajes de diferentes corrientes
políticas. Los hechos y peripecias de este periodo aparecen recogidos
en su novela La flecha de oro, escrita en 1917, una de sus
últimas obras. El argumento resulta de lo más sorprendente
para el lector español, pues el protagonista se halla involucrado
en el tráfico de armas a favor de los carlistas. La acción
posee una aureola romántica especialmente llamativa en la relación
que une al protagonista con la enigmática Rita. La belleza y
el carácter de la mujer –que "pertenece" a otro
hombre—la hacen inaccesible. La posesión se tiñe
de culpa respecto a la opinión de la sociedad que, por lo demás,
es descrita por Conrad como un organismo que ha perdido la cohesión
moral. La personalidad del protagonista resulta atractiva a la manera
de los héroes estendhalianos, en parte porque el amor a la mujer
le dota de una profundidad de matices inexistente en la mayoría
de los protagonistas de sus novelas más <<viriles>>
(según el calificativo que el mismo Conrad gustaba de atribuir
a su obra).
En
enero de 1878, Conrad realizó una tentativa de suicidio que precipitó
la llegada de su tutor quien, una vez más, se hizo cargo de sus
deudas. Conrad embarca poco después en un navío británico
rumbo a Constantinopla. Seis meses más tarde pisa tierra inglesa,
embarca en el Skimmer of the Seas, y aprende sus primeras frases
en inglés. Los años siguientes se suceden en travesías
a bordo de barcos cuya penosas condiciones de trabajo inducen al joven
Conrad a considerar el regreso a tierras mediterráneas e incluso
a trabajar en las empresas ferroviarias y expatriarse a Estados Unidos.
Su tío le disuade, Conrad continúa como marino y supera
el examen de teniente. Entre 1881 y 1882 viaja en el Palestina, un barco
astroso que no llegó a cruzar el canal de la Mancha, aunque a
finales de año emprende una nueva travesía durante la
cual se produce un incendio y la tripulación abandona el barco.
Esta reacción, contraria al código de honor de los hombres
de mar, inspiró a Conrad el episodio desencadenante de la tragedia
de Lord Jim, una de sus obras más emblemáticas.
En 1883 viaja en el Narciso, que también inspiraría
otra obra conocida, El negro del <<Narciso>>. Conrad,
a quien gustaba combinar los datos de lo vivido con la ficción,
afirmó que los hechos narrados en esta obra corresponden exactamente
a lo que ocurrió en la travesía de Bombay a Londres, si
bien algunas escenas fueron entresacadas de momentos distintos a ese
viaje. La ocupación de marino le parecía ardua y poco
considerada, por lo que no renunciaba a emprender otros proyectos profesionales
Su tío, siempre con mayor visión, le anima a conseguir
el título de capitán como vía para obtener la naturalización
inglesa, que le brindaría mayores oportunidades en el futuro.
En 1886 se cumplen estos dos objetivos y es el año de la primeras
tentativas de escritura en inglés. En los meses siguientes viajó
por Singapur, Borneo y las Célebes. El barco debía remontar
ríos adentrándose en la jungla donde encontrarían
a su paso los despachos establecidos por la administración colonial.
Los personajes que conocería durante estas incursiones serían
fundamentales para la caracterización de los protagonistas de
su ficción. El propósito de Conrad era menos dar testimonio
de una realidad o recrear la aventura y las situaciones insólitas
vividas por aquellos personajes cuanto testimoniar la transformación
a que se veían sometida la mentalidad y la conducta de unos seres,
representantes del mundo civilizado, en contacto con la naturaleza salvaje.
Es posible que en esas circunstancias trabara conocimiento con los hombres
que le inspiraron la personalidad de un Lingard –héroe
de varias de sus novelas--, de un Almayer, de un Marlow, pero sus héroes,
que son en parte un alter ego del propio Conrad, aunque sufren un proceso
de penitencia, de expiación de las faltas cometidas contra un
código que hoy nos parece, por desusado, el colmo del romanticismo,
aunque actúan en una situación antiheroica, nos parecen
personajes positivos e imagen sublimada de la atmósfera malsana
del más puro estilo colonial: <<Podrida de decaimiento,
de alcoholismo, de locura, de aspiraciones y sueños de gloria,
de fortuna y felicidad rápidamente defraudados, de vanos combates:
una marginalidad de desarraigados cuyos ingredientes Conrad conoció
al detalle.>>
A Singapur seguirían como destinos los puertos de Bangkok, Sidney,
Melbourne y Puerto Adelaida teniendo Conrad, por primera vez, el mando
de un barco, el Otango. Esto sucede en 1888, un año
antes de la redacción de Almayer’s Folly (La
locura de Almayer) y dos antes de su viaje al Congo. El país
africano, bajo dominio belga, constituía desde los tiempos de
sus lecturas infantiles, un destino evocador de aventuras a lo Stanley.
El viaje fue decisivo, no sólo porque cobró realidad un
sueño de infancia, sino porque lo hizo bajo la forma de una realidad
de pesadilla, que él denunció, como resultado de las condiciones
de vida impuestas por el gobierno colonial. Sin embargo, no podemos
olvidar que el viaje se presenta como la ocasión de mostrar a
colisión del alma civilizada con el estado elemental de la naturaleza,
el caos primigenio. El horror es el resultado de esta colisión,
de pérdida de referencias, a la vez que el resultado de la brutalidad
de la aventura colonial: la tripulación de le Roi des Belges,
barco en el que viajaba Conrad, compuesta por una mayoría de
negros, un capitán que pronto enfermó y el futuro escritor,
se dirige hacia lo que el escritor, recogiendo una frase del rey belga,
llamará <<el corazón de las tinieblas>>: Stanley
Falls. Los topónimos evocaban un universo heroico, pero designaban
una realidad de aniquilamiento moral y espiritual que hacía más
sangrante el fracaso del sueño europeo. Conrad se refirió
a los <<conquistadores>> de aquella zona como émulos
de Pizarro y Cortés, cuyo ejército de futuros héroes
era reclutado en las calles de Amberes y Bruselas entre proxenetas,
suboficiales, pícaros y fracasados de todos los pelajes. Con
posterioridad a este viaje, el escritor en ciernes se vio aquejado por
una depresión, atribuible sólo en parte a la falta de
un nuevo destino, y tuvo que ser hospitalizado. Las enfermedades nerviosas
del novelista, que le molestaron periódicamente, eran resultado
del debilitamiento de su organismo, sometido a las extremas condiciones
padecidas en el Congo, tanto como a las dificultades económicas,
otra constante de su larga vida.
Tras una estancia en Ginebra a fin de restablecerse, retomó la
redacción de La locura de Almayer y encontró
trabajo como segundo en el Torrens. 1894 sería el último
año de su carrera como marino y el primero de su carrera literaria.
La muerte del tío Tadeo Bobrowski traza una frontera imaginaria
entre dos vidas (como si al faltar el que fuera su mentor se viera obligado
a construir una segunda conciencia omnisciente, la del narrador Conrad).
Garnett, lector de la editorial Unwin, se mostró entusiasmado
con el manuscrito y le animó a continuar. Sin embargo, el escritor
aún no ha renunciado a la carrera de marino y busca un barco
que le contrate; con todo, la escritura le ocupa cada vez más
tiempo y energía.
A
La locura de Almayer, recibida elogiosamente por la crítica,
le sigue la redacción de An Outcase of the Islands (Un paria
de las islas), publicada en 1896, año de su matrimonio con
Jessie Emmeline George y de su instalación en Francia. El novel
escritor cuenta ya cincuenta años y parece dispuesto a ganarle
la carrera al tiempo: se suceden sin interrupción el cuento <<Los
idiotas>>, a la manera de Maupassant –escritor al que admiraba
y con quien compartía la visión pesimista del presente--,
Una avanzadilla del progreso, La Laguna y El negro
del <<Narciso>>, que al ser publicados en 1897, con
la pareja nuevamente instalada en Inglaterra, recibió críticas
elogiosas sin que ello se tradujera en éxito de ventas. La carrera
literaria de Conrad se veía así dividida entre el reconocimiento
de los más severos lectores, que le brindaron su amistad –como
Henry James, Hope, Sandersen, Galsworthy y Crane, entre otros--, y el
desinterés del público, más receptivo a los héroes
de una sola pieza y a las aventuras con intriga sentimental.
1898,
año del nacimiento de su primer hijo, fue el más fecundo
en cuanto a la calidad del material literario: además de establecer
una colaboración literaria con Ford Madox Ford –aunque
de resultados decepcionantes--, emprende la redacción de Juventud,
a la que seguiría Lord Jim, que terminará dos
años después, y, tras abandonar Salvamento, escribe
El corazón de las tinieblas. En las tres novelas aparece
Marlow, portavoz del autor y catalizador de sus experimentaciones acerca
del punto de vista. En 1900 se publica Lord Jim, que sufre
los mismos avatares –buena crítica y escasas ventas—que
la producción anterior. Las dificultades económicas le
llevan a plantearse su vuelta a la navegación; sin embargo, todo
demuestra que la época de marino hacía tiempo que había
tocado a su fin y esta posibilidad aparece como una pretensión
nostálgica de recuperar el pasado. El mar es ahora, en primer
lugar, un escenario literario y la metáfora de la aventura de
la condición humana. Pinker se convierte en su agente literario.
La relación entre ambos se caracterizó por las presiones
del agente para someter la tendencia a la desmesura del escritor a quien
estas injerencias producían gran agitación, acuciado,
además, por su enfermedad nerviosa y los baches económicos.
Henry James, gran amigo del novelista, logró que le fuera concedida
una beca por la Royal Literary Fund. En 1903, a continuación
de Tifón y de algunos relatos menores, escribe Nostromo
al mismo tiempo que The Mirror of the Sea (El espejo del mar).
Conrad trabajaba con energía que él califica de <<propia
de desesperado>> para enfrentar las dificultades de domesticar
un idioma y dar forma a unas ideas en las que se conjugan, con particular
intensidad, la visión romántica de unos valores periclitados
–la noción del honor--, de una aspiración de trascendencia
–expresada en una prosa vehemente de vocabulario y sintaxis complicados—y
una ambición de prestigio literario –evidente en la voluntad
de alcanzar cierta unidad temática y de estilo comparable al
de sus admirados James y Maupassant. En 1906 el novelista se plantea
el argumento de lo que será El agente secreto, publicada
por capítulos en una revista de gran tirada. Ésta es una
de sus novelas más singulares por la naturaleza de su protagonista,
el desarrollo de su inquietante y absurdo argumento y la maestría
del desenlace. La originalidad de la novela estriba en el tratamiento
psicológico de sus personajes, desde Verloc hasta el inocente
Stevie y en la estructura en espiral de la presentación de los
acontecimientos; lo menos conseguido es la voz del narrador omnisciente,
cuyo tono parece imbuido de una moral desdeñosa hacia sus personajes
a los que dibuja en una atmósfera opresiva, malsana. Al contrario
que El espejo del mar, El agente secreto mereció
una recepción fría de la crítica, hecho que tampoco
esta vez desalentó a Conrad en su proyecto de redacción
de la novela que llevaría el título provisional de Razumov,
y sería publicada en 1909 con el título Bajo los ojos
de Occidente. Conrad era víctima de una depresión
ya crónica agravada por la tensión de la escritura, esfuerzo
de transmutar los acontecimientos de la biografía en elementos
de sugestión literaria. Esta lucha es la que define la concepción
que el novelista tiene de su trabajo, concepción a la que se
mantuvo fiel a lo largo de toda su trayectoria, aun cuando la variación
de argumentos y de escenarios –el abandono del escenario marino
por el ambiente siniestro de las calles londinenses o rusas—o
el mayor detenimiento en la intriga sentimental, induzcan a pensar en
una recapitulación de sus planteamientos, tratándose en
realidad de una profundización en aspectos que aparecían
antes, aunque superficialmente.
En los últimos años de su carrera, y a pesar de las consideraciones
de la crítica (y de los comentarios irritados de algunos de sus
famosos lectores, como D. H. Lawrence, quien decía <<encolerizarse>>
al leer a Conrad), su prestigio está plenamente consolidado y
a ello contribuye plenamente el éxito de su publicación
en Estados Unidos. Nuevos títulos se añaden a su producción:
Fortuna, Victoria, Al margen de las mareas
y The Shadow Line (La línea de sombra). Este último,
subtitulado <<un tratado del destino>>, constituye el paradigma
de la obra conradiana y, como sucede en la producción de autores
veteranos, es una obra menor en la que converge lo más distintivo
del estilo de su autor.
Publicada en 1917, merece que el Times Literary Supplement
califique a Conrad de <<autor entre los más grandes del
mundo>>. La novela, casi un relato por su brevedad, merece que
nos extendamos en ella. Podemos considerarla una metáfora del
proyecto novelístico de Conrad. La tripulación de un pequeño
velero, al mando de un capitán desconocido, se ve obligada a
aunar sus fuerzas para mantener el barco en la dirección prevista,
ya que una fuerza misteriosa parece mantenerlo fuera de control. La
amenaza se cierne como una presencia ilocalizable en medio de un mar
en calma. El joven protagonista debe hacerse cargo del barco mientras
el segundo sufre un acceso de enajenación, viéndose sometido
a una prueba que le exige resistencia y determinación. La novela
plantea un interrogante sobre las fuerzas que intervienen en el cumplimiento
de un destino, concebido como una maquinación a la que el hombre
opone todos sus recursos. El barco es el escenario de la tragedia y
aparece como un organismo vivo, independiente de quienes lo manejan.
La acción se reduce a la prueba de traspasar esa línea
de sombra que significa la recuperación del dominio sobre el
propio rumbo, y a ellos quedan supeditados los restantes elementos de
la ficción. El segundo oficial, en su acceso de locura, aporta
la nota misteriosa al proponer como explicación de una presencia
fantasmagórica, sin renunciar de este modo a impregnar el relato
de su cualidad misteriosa y sobrenatural. El protagonista cruza la línea
de sombra de la juventud a la madurez, pero la iluminación del
sentido más profundo, la que en cada una de sus novelas trata
de traspasar para revelar y compartir con el lector el misterio que
encierran los acontecimientos singulares en que se ven involucrados
sus protagonistas. Acontecimientos que no basta con llamar <<aventuras>>
si no es para matizar a continuación el carácter espiritual,
que trasciende al personaje y le determina, de esa aventura. El misterio
es una presencia latente en el mundo físico y en la naturaleza
humana de la que la escritura conradiana se hace eco. Explora y quiere
desentrañar el misterio, sus manifestaciones y efectos, pero
nunca se interroga sobre su origen o su necesidad; de ese modo, la intriga
es inagotable.
En sus últimos años de vida, la recepción de su
producción literaria experimentó una inversión
curiosa: el público la acogía con expectación mientras
la crítica, y especialmente algunos de sus antiguos defensores,
desde Henry James a Virginia Woolf, manifestaban sus reservas. Estos
títulos fueron La flecha de oro, Salvamento
y El hermano de la costa. También fueron años
marcados por la enfermedad; Conrad moriría en 1924 de un infarto,
cuando ya se hallaba en curso de publicación su obra completa.
El
exilio conradiano
Después
de este repaso de su vida y actividad literaria, podemos reflexionar
algo más en profundidad sobre el tema, varias veces apuntado,
del exilio conradiano. Nos referimos al exilio en la lengua inglesa.
Al igual que Nabokov, Conrad abandonó su idioma para consagrarse
a la literatura en una lengua que no le pertenecía y que acabó
dominando. Sin embargo, el uso que hizo del inglés resultaba
singular (se dice también que su pronunciación era <<aberrante>>):
actuaba como un estudioso de un idioma extinguido, usando las palabras
con gran libertad y teniendo como principio su adecuación rigurosa
a su significado, sin importarle el registro o el contexto en que habitualmente
se empleaban. Nabokov había escrito algunas novelas en ruso que
luego tradujo al inglés. Ese proceso de reescritura, de traducción,
significa en el autor ruso una forma de integración, de aceptación
plena del nuevo idioma, un traslado del pasado a las nuevas estructuras.
En Conrad no se da ese traslado; escribió toda su obra en inglés
y si, como se dice, cuando se habla una lengua extranjera hay una parte
de uno que queda en silencio, en Conrad esa afirmación es doblemente
cierta: todo un pasado, toda una memoria de Polonia permanece en silencio.
La evocación que puede llegarnos de esa memoria es sólo
la traducción, un eco. Curiosamente, el mar resulta extraño
a su cultura, igual que la lengua que eligió para expresarse.
Todo parece señalar la necesidad de un nuevo elemento, un nuevo
yo y un nuevo nombre. Este cambio se realiza progresivamente, en dos
<<turnos>>: mar / escritura; nuevo yo vinculado a la novedad
de la experiencia y cambio de nombre, conforme a esa identidad renovada.
Consciente de que un idioma es un tono, un ángulo de visión,
una estructura de pensamiento, en sus novelas Conrad realiza un análisis
exhaustivo de los hechos y motivaciones, de lo que parece subterráneo
a la historia. Y para acentuar esa conciencia de que toda traducción
no es más que el eco del pensamiento, de la idea que refiere,
Conrad recurre a un procedimiento que sitúa lo mejor de su obra
novelística en un rango de absoluta modernidad: renuncia a la
presencia del autor omnisciente y coloca en su lugar una pantalla, un
alter ego, Marlow, quien le permite construir un personaje a la medida
del ejercicio de reflexión (y de refracción) en que se
convierte su obra literaria. Marlow
Pero ¿quién es Marlow? Con él, el autor se erige
en personaje reflexivo: es un marinero, retirado después de numerosas
travesías, un extraño entre los marineros y el más
perspicaz entre ellos, alguien siempre ligeramente retirado de la acción
–por el tiempo que hace que aquélla tuvo lugar y por su
permanente posición observadora--, y que se propone desvelar
las claves, lo que queda al otro lado de la línea de sombra de
un Lord Jim, de la misteriosa desaparición de Kurtz.
Conviene reconocer las simpatías de Conrad por el estilo de Henry
James: como él, se interrogó sobre la práctica
novelesca y contrastó puntos de vista para proyectar distintos
aspectos de un acontecimiento, multiplicando las perspectivas. Ambos
autores componías su tramas tratando de mostrar <<no lo
que las cosas o los seres son en si sino su eco en una conciencia>>,
según uno o varios puntos de vista. Esto justifica, también,
el recurso al flash-back, procedimiento que parte de la convicción
de haber ocupado el centro de un enigma a desentrañar, lo que
demandaría, a la manera policíaca, la reconstrucción
de los hechos y una voz testimonial.
El personaje de Marlow aparece en cuatro novelas: en Juventud,
concebida en 1898 pero publicada en 1912, en Lord Jim y en
El corazón de las tinieblas, novelas donde la figura
del viejo marino adquiere su dimensión más profunda, redactadas
entre 1898 y 1890, fechas que corresponden al periodo literario más
fructífero del autor, y en Fortuna, primer éxito
comercial y, según sus detractores, donde la fórmula del
narrador personaje Marlow agota sus posibilidades.
La presencia de Marlow como narrador permite a Conrad introducir juicios
e ideas; mecanismo que libera a Conrad del comedimiento del narrador
omnisciente y al lector de la trampa de la identificación con
la voz del que narra, para convertirse así en uno más
de los que escuchan.
En Juventud,
Marlow es un marino de cuarenta y dos años, ya retirado. Se
dirige a un auditorio compuesto por un administrador de sociedades,
un contable, un abogado de negocios y un narrador anónimo (figura
que se repite en El corazón de las tinieblas) a los
que relata las circunstancias de su primer viaje a Oriente, cuando
contaba veinte años. El viaje sufrió numerosos percances
por lo que, como es habitual en las tramas conradianas, permite a
su protagonista probar su capacidad de resistencia física y
moral. El joven Marlow llega a Oriente, pero no al destino que para
él simbolizaba toda la magia oriental: Bangkok. El relato se
inspira en las experiencias vividas por Conrad en 1881 a bordo del
Palestina. Se refiere con nostalgia y cierto lirismo a su
juventud. La narración supone también un esbozo de la
técnica que perfeccionará más tarde, recurriendo
a la misma voz de Marlow: un distanciamiento respecto al acontecimiento
mediante una reflexión que quiere revelar hasta las últimas
implicaciones morales de la aventura. Ya encontramos los temas distintivos
del autor: el enfrentamiento a las fuerzas de la naturaleza como trasunto
de conflictos interiores (de implantación en la vida); la solidaridad
entre los hombres del mar; la necesidad de un código moral
para hacer frente a las pruebas que pueden significar el hundimiento
del individuo y de quienes se hallan bajo su responsabilidad y el
ostracismo (tan recurrente en Lord Jim y en El corazón
de las tinieblas).
Desde la perspectiva de su madurez, Conrad se vale de las figuras
del joven Marlow y del veterano capitán del barco, unidos por
una amistad filial, para acentuar el diálogo, el vínculo
entre dos edades. Marlow es el doble ficticio, aunque de carácter
autónomo, del novelista y no una pantalla utilizada con más
o menos habilidad para expresarse con verosimilitud según la
caracterización del personaje. Marlow-personaje más
que Marlow-Conrad posee una experiencia y una memoria concretas que
ocupan con su voz la totalidad del relato y lo conducen.
El corazón
de las tinieblas
Marlow reaparece en la novela corta El corazón de las tinieblas,
inspirada, como ya sabemos, en la travesía que realizó
por el río Congo. Su experiencia en el continente negro le
había desilusionado, además de causarle serias alteraciones
de salud. En lo literario, esta novela es uno de sus mayores logros
y la que mayor interés suscita entre los lectores de hoy. Marlow
tiene como misión dirigirse en barco hacia el puerto comercial
más lejano, en el Congo, para <<capturar>> a Kurtz,
un agente que se ha rebelado para trabajar en beneficio propio. Marlow
debe recuperar el marfil. Kurtz, un personaje singular, debía
redactar un informe destinado a la Sociedad Internacional para la
supresión de las costumbres salvajes. La selva ejerce sobre
él un hechizo del que resulta el despertar de un instinto de
brutalidad. Llega a ejercer un poder absoluto sobre los negros, quienes
le atribuyen un poder sobrenatural.
El autor tiene interés en definir el tempo de la narración
y así ésta ocupa todas las horas de espera de los marineros
mientras aguardan la señal que debe permitir al barco abandonar
el puerto de Londres. Las primeras palabras, a modo de introducción,
son las de un personaje anónimo que os da la semblanza de Marlow:
un hombre sentado en la postura de un ídolo. Es un marinero
especial al que se escucha con interés. Refiere la historia
mediante rodeos aproximativos, frases que producen en el lector <<fenómenos
de eco o de refracción, de reverberación que amplían
o completan el sentido de la historia>>. Ante todo, Marlow es
una voz, una voz que se deja escuchar, del mismo modo que los distintos
testimonios que va encontrando a lo largo de la travesía son
otras tantas voces que completan la caracterización del desaparecido
Kurtz. La acción queda subordinada a esa voz-reveladora. En
el caso de Marlow, con la nostalgia de su juventud, asoma la ocasión
de mostrar el valor personal con una ironía dirigida a esa
misma nostalgia. Marlow se expresa con elocuencia sobre los episodios
más singulares, pero no se atreve a expresar en presente la
pasión o los sueños que probablemente no llegó
a realizar. Y es cierto que el verdadero tema del relato podría
ser <<el hecho de rondar la aventura, distanciándola
con reflexiones>>.
También Kurtz, protagonista-señuelo de la novela, es primero
un eco en boca de los personajes con que topa Marlow cuando remonta
el río. Es un nombre conocido en toda la zona. Su aura legendaria
crece conforme los distintos testimonios abundan en el carácter
singular de su personalidad y de su comportamiento. El lector se cree
entonces con derecho a oírle referir su historia con su propia
voz. Entre el Marlow joven y el que narra se da una interacción
de la que se desgaja la visión desengañada y hasta sarcástica
de la política colonial. El <<documento histórico>>
está implícito en el relato; todo y que las circunstancias
de los protagonistas corresponden sin distorsión al momento histórico
concreto, el escritor se centra en el personaje. No es Conrad un autor
al que podemos encajar en una corriente de pensamiento ni definirle
una filosofía. En él es más cierto que <<la
presentación de seres y cosas devuelve a la conciencia la opacidad
de la realidad y rechaza una simplificación ideológica>>.
Y cuando Marlow habla, se refiere en primer lugar al vínculo
que une a los hombres del mar que, <<además de mantener
unidos nuestros corazones durante largos periodos de separación,
tenía la virtud de hacernos tolerantes para con las historias,
e incluso convicciones de cada cual>>. Estas consideraciones previas
se revelan imprescindibles, pues el lector, como los oyentes de Marlow,
se ven sometidos a una doble tensión: la del progreso mismo del
relato y a la de las digresiones del narrador, que nos alejan del centro
neurálgico, la búsqueda de Kurtz.
Al
principio se nos ofrece una sugestiva interpretación de lo que
va a ocurrir. Marlow establece un paralelismo entre los primeros visitantes
romanos que llegaron a lo que hoy es Londres en una <<incursión
civilizadora>> y su incursión en el mundo también
para civilizar el continente africano. Él, como entonces los
romanos, sufrió un shok ante la barbarie. Pero si entonces el
hombre sintió con terror la posibilidad de aniquilamiento de
la conciencia –desaparecer en el caos--, el hombre moderno puede
considerarse salvado gracias a su <<devoción a la eficiencia>>,
el credo laico del hombre de los siglos XIX y XX. La posibilidad de
pensar en un proyecto constituye su salvación. Kurtz es la antítesis
de este supuesto: es el hombre no moderno por haber sucumbido a la fascinación
de la selva. La fusión con lo primigenio, bajo la <<forma>>
del caos, es la indiferenciación del hombre con la tiniebla de
la vida, cuando el hombre es sólo naturaleza. La vida como absoluto
está simbolizada por la selva africana. De ella dirá que
es la muestra de los más tempranos orígenes del mundo.
Ciertamente, no podemos obviar el papel que desempeña el escenario
en la trama. El paisaje que atraviesa el barco es, por su plasticidad
sobrecogedora, un subrayado simbólico de la experiencia del viaje.
El color, los volúmenes del verde y la luz; eso es la selva;
el antagonista de los personajes que viajan en el barco. Su función
es semejante a la del viejo Tiresias de la tragedia griega, un intermediario
entre dos lenguajes irreconciliables. Dice Marlow: <<Observar
la costa mientras se desliza ante el barco es como pensar en un enigma.>>
Lo mismo que un enigma contiene todas las posibilidades y una sola:
<<Ahí está ante ti, sonriente, ceñuda, insinuante,
grandiosa, mezquina, insípida o salvaje, y siempre muda, con
aire de estar susurrando: “Ven y descúbreme.”>>
Marlow va desentrañando su sentido sin estar del todo seguro
de la conclusión. <<La selva silenciosa (…) se me
presentó como algo grandioso e invencible, como el mal o la verdad.>>
Los abundante calificativos que asocia a la selva expresan la imposibilidad
de definirla de una vez. Lo misterioso no admite otra definición
que la constatación de presencia: <<El cuerpo colosal de
la vida fecunda y misteriosa.>> Naturalmente, la simbología
no tarda en recurrir a las fuentes cristianas y así descubre
el trabajo de los negros, cuya utilidad le resulta oscura, comparándola
a un castigo infernal; por su parte, la jungla es una de las imágenes
del Infierno: <<Tan pronto como estuve allí me pareció
haber penetrado en el tenebroso círculo de algún infierno.>>
Marlow tiene la impresión de realizar en sentido inverso la travesía
del tiempo hasta llegar al origen del mundo, donde todas las fuerzas
de la Creación se hallan en estado elemental.
Una
vez se ha establecido la simbología, con su poderoso caudal de
sugerencias, el personaje Kurtz adquiere otra dimensión y Marlow,
en apariencia contenido, se deja ganar por la fascinación del
personaje y lo que hay en esa aventura de revelador de la naturaleza
humana en su grado superior; pues si existe un sentido trágico
en esta aventura, corresponde enteramente al fracaso, sería mejor
decir su <<caída>>, de un hombre extraordinario enfrentado
a la tiniebla que encierra su propio ser. El encargo oficial se convierte
en un reto de crecimiento personal. Marlow se interroga sobre las posibilidades
de acceder a semejante personaje, que ha perdido todo carácter
humano o civilizador, sin que por ello quepa calificar su experiencia
de <<animalización>>. Se trata menos de una pérdida
de la conciencia cuanto de su exacerbación. <<Algo era
al menos poder elegir las propias pesadillas.>>
Su encargo no puede cumplirse según las directrices de un requerimiento
al orden; el joven marino busca la manera de conectar con quien le produce
un <<horror puramente abstracto>> sin conexión con
cualquier peligro físico. Lo que significa Kurtz es una <<conmoción
moral, intolerable para el pensamiento y odioso para el alma>>.
Cómo dirigirse a quien ha rebasado la experiencia de lo racional
y se halla en otro estadio de pensamiento, de autoconciencia: para influir
sobre su conducta <<no podía apelar en nombre de nada noble
o bajo (…) tenía que invocarle a él mismo>>.
Cuando por fin tiene lugar el tan esperado encuentro con Kurtz, Marlow
ya está preparado para enfrentarlo, y el huido admite en él
al interlocutor capaz de comprender su aventura anímica. Antes
de su muerte le comunicará el fondo de esa experiencia, resumida
en una sola palabra: <<Horror.>> El lazo establecido por
Kurtz con la selva queda explícito en la aparición de
la mujer <<salvaje y soberbia, magnífica y de mirada feroz>>,
tan parecida al lugar que <<había algo ominoso y majestuoso
en su lento caminar>> y que, como la misma selva, teme le sea
arrebatada su nueva presa. El autor subraya el vínculo que une
a esta mujer, de espíritu y presencia mágicos, con la
selva, igual que la fascinación aniquiladora que ha podido ejercer
sobre Kurtz: <<Y el silencio que había caído súbitamente
sobre toda aquella tierra afligida, la inmensa selva, el cuerpo colosal
de la vida fecunda y misteriosa, parecía mirarla pensativo, como
si estuviera mirando a la imagen de su propia alma tenebrosa y apasionada.>>
Cuando debe transmitir en términos racionales lo vivido en la
jungla, Marlow confiesa a sus oyentes que no le quedó otro remedio
que mentir, esto es, banalizar. Así queda reflejado en la última
escena, ante la prometida de Kurtz, una mujer que reúne las cualidades
burguesas, admirables cuando están revestidas de idealismo romántico.
La mujer quiere conocer las palabras del hombre antes de morir. Marlow
vacila acerca de su función ante la novia y sus ideales románticos:
ella tiene derecho a creer que fue su nombre lo último que dijo;
naturalmente. Decide mentir, aun temiendo que el cielo se desplome sobre
su cabeza, antes de comprender que esa mentira piadosa y romántica
es la que asegura su integridad. <<La moral más rigurosa
(…) sucumbe en provecho de la moral más convencional, que
incluye la piedad.>>
En Lord Jim, para algunos una novela demasiado larga, Conrad
narra la desventura de un joven marino, Jim, contratado por la marina
mercante británica, y que participa el precipitado abandono del
barco por parte de su tripulación, en algún lugar del
Mar Rojo. Los peregrinos que se dirigen a La Meca, se salvan porque
el barco no llega a hundirse, y Jim es procesado, de lo que resulta
la pérdida de su grado y función. Un viejo capitán,
Marlow, impresionado por la complejidad del personaje, trata de ayudarle
en su <<reconversión>> recomendándole para
una serie de puestos secundarios. El sentimiento de culpa que acucia
al joven le lleva a convertir su vida en una fuga; ésta sólo
llega a su fin en las costas de Borneo, donde podrá expiarla.
Marlow cuenta cómo iba sabiendo, a través de otros personajes,
de la huida del joven marino. El procedimiento es similar al empleado
en la novela anterior, cuando se nos describe a Kurtz por la impresión
que causa en una serie de individuos, retratados a su vez por las consideraciones
que hacen acerca del otro.
Abundando en el tema de las voces narrativas, observamos que en esta
novela Conrad analiza los resortes psicológicos que actúan
en su protagonista recurriendo a varias voces que se suman para dar
una visión global de aspectos que interactúan: sentido
del honor y denuncia de la cobardía de un hombre joven; espíritu
romántico que es la causa misma del fracaso y de la expiación
y, finalmente, un último narrador, anónimo, que escuchaba
al principio y cuya intervención es una buscada relativización
por parte de Conrad de la indulgencia de Marlow. En resumidas cuentas,
son perspectivas contrastadas que matizan el alcance y la lectura del
drama de Jim.
Una
vez más, el destino de este personaje torturado parece determinado
por un impulso interior al que su particular código ético
le sirve de justificación. Marlow advierte la singularidad del
personaje y de su trayectoria, lo que le lleva a insistir hasta la redundancia
en una serie de imágenes deliberadamente enfáticas. El
autor no ignora que le oyente-lector puede parecerle que le disfrazan
de grandeza y desorientación la historia de un apuesto cobarde
de orgullo algo tardío, por ello obliga a Marlow a puntualizar:
<<Ignoro por qué razón tenía que presentárseme
él siempre como algo simbólico. Acaso sea ésta
la verdadera causa del interés que en toda ocasión me
inspiró su suerte.>>
No podemos compartir la opinión de los que consideran la última
época de Conrad una claudicación en favor de un público
mayoritario. André Le Vot afirma que la tragedia de nuestro autor
sería la de haber sobrevivido a sus mejores obras y haber <<alcanzado
una mediocridad dorada después de haberse forjado, para atravesar
el corazón de las tinieblas, una nueva lengua e inventado una
nueva manera de decir.>>
Para
finalizar, señalaremos que las novelas de nuestro autor que todavía
despiertan el interés del lector contemporáneo, tal vez
saturado de tramas y experimentaciones formales, son aquellas que reflejan
las inquietudes de una época y la maduración estilística
de un creador; cuando reflexiona con lucidez no exenta de visión
dramática a propósito de valores que relativiza, como
el egoísmo, la cobardía, la traición y la necesidad
de esos mismos valores en un ambiente, el del mar, que los exalta y
en un contexto histórico que los lleva a su caducidad. La reflexión
gira en torno a los temas de una época –la empresa colonial,
la relación entre razas--, para extenderla a un contenido de
mayor alcance, acerca del destino de unos hombres cuya singularidad
les convierte en catalizadores y emblemas de los conflictos del momento
histórico. Ya hemos señalado que Conrad no es autor de
concepciones filosóficas estructuradas: su obra se ajusta a una
experiencia enriquecida por una visión dramática de indudable
naturaleza literaria y un temperamento proclive a la vehemencia. Juntos
proporcionan lo mejor y lo peor de su obra.