JOSEPH CONRAD

© Texto: María José Furió

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En algunas ocasiones se ha considerado a Joseph Conrad un autor de novelas de aventuras, un autor de lo exótico. Tal vez lo sea, siempre y cuando aclaremos que sus aventuras no se ajustan al canon de la peripecia en ambiente exótico. Aunque las novelas de la primera mitad del siglo XIX, con argumento de las memorias de exploradores, puedan considerarse antecedentes de su obra literaria, la biografía del propia autor impide que su creación novelística se vea limitada por la etiqueta de <<novela de aventuras>>. Conrad, novelista exótico, sí, pero de une exotismo diferente, incluso en la localización del escenario de sus novelas. Si el exotismo de Loti o de Hearn se ubicaba en Japón, el de Kipling en la India, y el de Ségalen en China y Tíbet, el de Conrad contempla la exploración del archipiélago malayo; ello no impide que su novela más conocida, y una de las mejores –Heart of Darkness (El corazón de las tinieblas)—transcurra en África (donde, como Rimbaud, persiguió nuestro autor el espejismo de una riqueza inmensa e inmediata) y que disperse a sus personajes por otros territorios, si no exóticos sí lejanos : Nostromo transcurre en América Latina; Under Western Eyes (Bajo los ojos de Occidente), en Suiza y Rusia; El regreso y The Secret Agent (El agente secreto), en Londres; Tifón en el mar de la China, Una sonrisa de la fortuna en el océano Índico, y Victoria transcurre en el Pacífico.

Con todo, no existe similitud alguna entre Conrad y los autores antes citados, para quienes el paisaje constituye un elemento fundamental, al mismo nivel que el personaje; un pretexto para la peripecia, que deja mostrar las cualidades y habilidades del protagonista, así como las virtudes de la sociedad que éste representa. Ese protagonista es, por tanto, la imagen a escala reducida del grupo social que defiende. Conrad no admitía que se le comparara con Kipling, pues la aventura de sus protagonistas introduce elementos que van más allá de la peripecia; la exploración se ha interior, el protagonista es un solitario aun cuando actúe, influya y deje su impronta en un grupo. El tema fundamental no es la aventura en un país exótico sino el exilio. Sus personajes son héroes de un mundo moderno y sus conflictos, sus pruebas, son los del hombre moderno que tiene como paisaje de su aventura principal las complejidades de su conciencia. El momento histórico, con la aventura colonial de fondo y la progresiva caducidad de los ideales románticos, alimenta la noción del exilio y, no del todo paradójicamente, propone con sus escenarios exóticos el lugar donde se dilucida el debate; en todo caso es secundario si se resuelve en triunfo o en fracaso: el interesé del relato culmina en el planteamiento de la disociación de la conciencia del hombre ante sus propios actos.

En Conrad el paisaje –el mar, las islas, los puertos donde se permanece sólo en espera de un nuevo embarque, la selva africana, el curso ruidoso del río, las ciudades entrevistas siempre extrañas—significa algo; las cualidades que pone de manifiesto actúan como alegoría de la aventura del personaje, señalando sus pasos.

Ya dijo Cesare Pavese que la predilección de Conrad por los lugares lejanos e insólitos no obedecía al capricho ni a una necesidad literaria de pintoresquismo. Su referencia al paisaje, advertía el poeta italiano, está supeditada a la evocación de un clima particular de emociones <<que lima los aspectos vivaces hasta disolverlos en un ambiente nostálgico e introspectivo>>. Una figura clave es el mar. <<El escenario conradiano nos impregna como el espacio de nuestra vida cotidiana y eso da un mayor relieve a la presencia de ese lugar de memoria relacionada con la lejanía, tan intensa e imparable que tenemos la impresión de recorrer el orbe encantado de un símbolo o de un mito.>> El encantamiento depende de la nostalgia de un hombre maduro que con sus novelas vuelve a recorrer los escenarios de la juventud, revelando así que el mar es <<un lugar del alma>>, un escenario interior, <<una ruta inquieta en vista de la costa, una indecisión que puede convertir el más banal de los acostamientos en el inicio de una sorprendente y absurda aventura de juventud, de pasión, de destino.>> A esta imagen, de simbolismo más o menos explícito, se suma la del propio barco, metáfora de un cuerpo vivo que puede conocer diferentes estados: ya sea la decrepitud de la vejez o la vitalidad juvenil. El barco tiene un lenguaje propio que el capitán conoce e interpreta y, en ocasiones, recursos propios.

Estas imágenes fácilmente sugieren el movimiento; luego, quienes lo viven encarnan la imposibilidad de permanecer, sabiéndose siempre exiliados, fugitivos. A ello se añade el tema de la falta y de la expiación. Los personajes conradianos son acusados o se inculpan de una falta que les deshonra ante la comunidad, aunque el tribunal más duro son ellos mismos; esa falta tiene que ver con la posición que creen ocupar frente al grupo. Al dejar de actuar conforme a lo que le obliga su posición, Lord Jim debe redimirse de una falta de cobardía; por su parte, Kurtz expía con sus internamiento y su comunión con la jungla su megalomanía, que le había llevado a creer que podría sustraerse a su poder dominándola. El mayor castigo consiste en verse apartado de la civilización, forzado a vivir entre seres de una civilización inferior, de donde se colige que la imposibilidad de establecer una comunicación les reduce doblemente al silencio, es decir a un doble exilio.

El paisaje inspirador

La biografía de Conrad es en muchos aspectos, si no en todos, una novela que repite exhaustivamente los elementos emblemáticos de su creación literaria. Podría afirmarse que sus argumentos novelescos son variaciones sobre el tema capital de su propia vida, el del hombre que nunca habita en su tierra, por ser ésta inexistente, al carecer de una primera memoria donde localizarla, del mismo modo que no posee una lengua propia aunque se apropie de un idioma, el inglés, por carecer también de memoria de esa lengua. El tema de exilio del hombre en perpetua fuga. Conrad formula el extrañamiento recurriendo a la superposición de voces literarias, a la hora de hacer recuento de su viaje (Dice él mismo: <<La vida que pasé a través del vasto mundo está contenida en mis libros.>>) La aventura literaria es, al contrario que en Rimbaud, si bien para significar lo mismo, la réplica simétrica –un eco que adopta una forma escrita o la de un itinerario--, de la aventura de su vida. Y para ambos, la escritura es un tormento, aunque es el tormento de extraer de si lo que no les deja nada más vivir.

El padre de Joseph Conrad fue una figura romántica, no sólo por su compromiso con la revolución polaca sino también por su actividad de poeta, escritor y traductor del inglés y el francés. En los primeros años de vida de Teodor Jósef Konrad, el padre se hallaba dedicado a la causa antirrusa, por lo que fue arrestado y obligado, después de un juicio, a la deportación a Rusia del Norte. A la insurrección polaca siguió la represión. La tensión de los acontecimientos afectó la salud, ya precaria, de la madre, que habría de morir de tuberculosis en 1865. La orfandad convierte al niño Conrad en una criatura triste y solitaria, con problemas nerviosos que le abrumarían a lo largo de toda su vida. El padre murió en 1869 habiendo quemado antes todos sus papeles, escena en la que estuvo presente su hijo. Su tío Thadeo Bobrowski si convierte en su tutor. En 1873 se nos presenta una imagen "airada" del muchacho, involucrado en un idilio con la hija del director del centro donde Conrad está pensionado. Su tío considera preferible acceder a su deseo de ser marino, para lo cual el futuro escritor parte hacia Marsella. Se inicia así el periodo fundamental de la vida de Joseph Conrad. Las experiencias de estos años acabarán recogidas de diferentes maneras en su obra literaria, de una forma que posibilita dos lectura, una complementaria de la otra, para hacer exhaustiva sin llegar a agotar ninguna de las dos el sentido que encierran. Ese sentido no es estrictamente psicológico pues se refiere sobre todo a los mecanismos de la creación literaria. La familia Chodzco, polacos de la alta burguesía exiliados en Francia desde hacía una generación, le acogen en su casa. Dos miembros de dicha familia ocuparon un lugar señalado en la biografía de Conrad: Victor, el primogénito, que se había convertido en marino, desatendiendo las expectativas de una familia de inclinaciones culturales, y su hermana Teresa, cuya figura está presente, con sutiles variaciones, en todas las heroínas del escritor hasta conformar un prototipo. En 1874 el nuevo marinero se embarca a bordo del Mont Blanc, con rumbo a las Antillas, en un viaje de cinco meses. Exactamente un año después de esta primera salida, Teresa pierde la vida, al parecer por suicidio. La desaparición súbita de la mujer amada se convierte en un leit motiv de sus novelas, lo mismo que el carácter romántico y fuerte a la vez de las figuras femeninas. Conrad evoca repetidamente esta desaparición, que en su obra se presenta encarnada en mujeres jóvenes a quienes la infelicidad del matrimonio condena a una vida de desaliento de la que sólo podría salvarlas el amor de un hombre joven.
En 1876, Conrad vive un periodo confuso, frecuentando ambientes diversos: la bohemia marsellesa y los ambientes donde se simpatizaba con la causa carlista, lo que le pone en contacto con personajes de diferentes corrientes políticas. Los hechos y peripecias de este periodo aparecen recogidos en su novela La flecha de oro, escrita en 1917, una de sus últimas obras. El argumento resulta de lo más sorprendente para el lector español, pues el protagonista se halla involucrado en el tráfico de armas a favor de los carlistas. La acción posee una aureola romántica especialmente llamativa en la relación que une al protagonista con la enigmática Rita. La belleza y el carácter de la mujer –que "pertenece" a otro hombre—la hacen inaccesible. La posesión se tiñe de culpa respecto a la opinión de la sociedad que, por lo demás, es descrita por Conrad como un organismo que ha perdido la cohesión moral. La personalidad del protagonista resulta atractiva a la manera de los héroes estendhalianos, en parte porque el amor a la mujer le dota de una profundidad de matices inexistente en la mayoría de los protagonistas de sus novelas más <<viriles>> (según el calificativo que el mismo Conrad gustaba de atribuir a su obra).

En enero de 1878, Conrad realizó una tentativa de suicidio que precipitó la llegada de su tutor quien, una vez más, se hizo cargo de sus deudas. Conrad embarca poco después en un navío británico rumbo a Constantinopla. Seis meses más tarde pisa tierra inglesa, embarca en el Skimmer of the Seas, y aprende sus primeras frases en inglés. Los años siguientes se suceden en travesías a bordo de barcos cuya penosas condiciones de trabajo inducen al joven Conrad a considerar el regreso a tierras mediterráneas e incluso a trabajar en las empresas ferroviarias y expatriarse a Estados Unidos. Su tío le disuade, Conrad continúa como marino y supera el examen de teniente. Entre 1881 y 1882 viaja en el Palestina, un barco astroso que no llegó a cruzar el canal de la Mancha, aunque a finales de año emprende una nueva travesía durante la cual se produce un incendio y la tripulación abandona el barco. Esta reacción, contraria al código de honor de los hombres de mar, inspiró a Conrad el episodio desencadenante de la tragedia de Lord Jim, una de sus obras más emblemáticas. En 1883 viaja en el Narciso, que también inspiraría otra obra conocida, El negro del <<Narciso>>. Conrad, a quien gustaba combinar los datos de lo vivido con la ficción, afirmó que los hechos narrados en esta obra corresponden exactamente a lo que ocurrió en la travesía de Bombay a Londres, si bien algunas escenas fueron entresacadas de momentos distintos a ese viaje. La ocupación de marino le parecía ardua y poco considerada, por lo que no renunciaba a emprender otros proyectos profesionales Su tío, siempre con mayor visión, le anima a conseguir el título de capitán como vía para obtener la naturalización inglesa, que le brindaría mayores oportunidades en el futuro. En 1886 se cumplen estos dos objetivos y es el año de la primeras tentativas de escritura en inglés. En los meses siguientes viajó por Singapur, Borneo y las Célebes. El barco debía remontar ríos adentrándose en la jungla donde encontrarían a su paso los despachos establecidos por la administración colonial. Los personajes que conocería durante estas incursiones serían fundamentales para la caracterización de los protagonistas de su ficción. El propósito de Conrad era menos dar testimonio de una realidad o recrear la aventura y las situaciones insólitas vividas por aquellos personajes cuanto testimoniar la transformación a que se veían sometida la mentalidad y la conducta de unos seres, representantes del mundo civilizado, en contacto con la naturaleza salvaje. Es posible que en esas circunstancias trabara conocimiento con los hombres que le inspiraron la personalidad de un Lingard –héroe de varias de sus novelas--, de un Almayer, de un Marlow, pero sus héroes, que son en parte un alter ego del propio Conrad, aunque sufren un proceso de penitencia, de expiación de las faltas cometidas contra un código que hoy nos parece, por desusado, el colmo del romanticismo, aunque actúan en una situación antiheroica, nos parecen personajes positivos e imagen sublimada de la atmósfera malsana del más puro estilo colonial: <<Podrida de decaimiento, de alcoholismo, de locura, de aspiraciones y sueños de gloria, de fortuna y felicidad rápidamente defraudados, de vanos combates: una marginalidad de desarraigados cuyos ingredientes Conrad conoció al detalle.>>


A Singapur seguirían como destinos los puertos de Bangkok, Sidney, Melbourne y Puerto Adelaida teniendo Conrad, por primera vez, el mando de un barco, el Otango. Esto sucede en 1888, un año antes de la redacción de Almayer’s Folly (La locura de Almayer) y dos antes de su viaje al Congo. El país africano, bajo dominio belga, constituía desde los tiempos de sus lecturas infantiles, un destino evocador de aventuras a lo Stanley. El viaje fue decisivo, no sólo porque cobró realidad un sueño de infancia, sino porque lo hizo bajo la forma de una realidad de pesadilla, que él denunció, como resultado de las condiciones de vida impuestas por el gobierno colonial. Sin embargo, no podemos olvidar que el viaje se presenta como la ocasión de mostrar a colisión del alma civilizada con el estado elemental de la naturaleza, el caos primigenio. El horror es el resultado de esta colisión, de pérdida de referencias, a la vez que el resultado de la brutalidad de la aventura colonial: la tripulación de le Roi des Belges, barco en el que viajaba Conrad, compuesta por una mayoría de negros, un capitán que pronto enfermó y el futuro escritor, se dirige hacia lo que el escritor, recogiendo una frase del rey belga, llamará <<el corazón de las tinieblas>>: Stanley Falls. Los topónimos evocaban un universo heroico, pero designaban una realidad de aniquilamiento moral y espiritual que hacía más sangrante el fracaso del sueño europeo. Conrad se refirió a los <<conquistadores>> de aquella zona como émulos de Pizarro y Cortés, cuyo ejército de futuros héroes era reclutado en las calles de Amberes y Bruselas entre proxenetas, suboficiales, pícaros y fracasados de todos los pelajes. Con posterioridad a este viaje, el escritor en ciernes se vio aquejado por una depresión, atribuible sólo en parte a la falta de un nuevo destino, y tuvo que ser hospitalizado. Las enfermedades nerviosas del novelista, que le molestaron periódicamente, eran resultado del debilitamiento de su organismo, sometido a las extremas condiciones padecidas en el Congo, tanto como a las dificultades económicas, otra constante de su larga vida.

Tras una estancia en Ginebra a fin de restablecerse, retomó la redacción de La locura de Almayer y encontró trabajo como segundo en el Torrens. 1894 sería el último año de su carrera como marino y el primero de su carrera literaria. La muerte del tío Tadeo Bobrowski traza una frontera imaginaria entre dos vidas (como si al faltar el que fuera su mentor se viera obligado a construir una segunda conciencia omnisciente, la del narrador Conrad). Garnett, lector de la editorial Unwin, se mostró entusiasmado con el manuscrito y le animó a continuar. Sin embargo, el escritor aún no ha renunciado a la carrera de marino y busca un barco que le contrate; con todo, la escritura le ocupa cada vez más tiempo y energía.

A La locura de Almayer, recibida elogiosamente por la crítica, le sigue la redacción de An Outcase of the Islands (Un paria de las islas), publicada en 1896, año de su matrimonio con Jessie Emmeline George y de su instalación en Francia. El novel escritor cuenta ya cincuenta años y parece dispuesto a ganarle la carrera al tiempo: se suceden sin interrupción el cuento <<Los idiotas>>, a la manera de Maupassant –escritor al que admiraba y con quien compartía la visión pesimista del presente--, Una avanzadilla del progreso, La Laguna y El negro del <<Narciso>>, que al ser publicados en 1897, con la pareja nuevamente instalada en Inglaterra, recibió críticas elogiosas sin que ello se tradujera en éxito de ventas. La carrera literaria de Conrad se veía así dividida entre el reconocimiento de los más severos lectores, que le brindaron su amistad –como Henry James, Hope, Sandersen, Galsworthy y Crane, entre otros--, y el desinterés del público, más receptivo a los héroes de una sola pieza y a las aventuras con intriga sentimental.

1898, año del nacimiento de su primer hijo, fue el más fecundo en cuanto a la calidad del material literario: además de establecer una colaboración literaria con Ford Madox Ford –aunque de resultados decepcionantes--, emprende la redacción de Juventud, a la que seguiría Lord Jim, que terminará dos años después, y, tras abandonar Salvamento, escribe El corazón de las tinieblas. En las tres novelas aparece Marlow, portavoz del autor y catalizador de sus experimentaciones acerca del punto de vista. En 1900 se publica Lord Jim, que sufre los mismos avatares –buena crítica y escasas ventas—que la producción anterior. Las dificultades económicas le llevan a plantearse su vuelta a la navegación; sin embargo, todo demuestra que la época de marino hacía tiempo que había tocado a su fin y esta posibilidad aparece como una pretensión nostálgica de recuperar el pasado. El mar es ahora, en primer lugar, un escenario literario y la metáfora de la aventura de la condición humana. Pinker se convierte en su agente literario. La relación entre ambos se caracterizó por las presiones del agente para someter la tendencia a la desmesura del escritor a quien estas injerencias producían gran agitación, acuciado, además, por su enfermedad nerviosa y los baches económicos. Henry James, gran amigo del novelista, logró que le fuera concedida una beca por la Royal Literary Fund. En 1903, a continuación de Tifón y de algunos relatos menores, escribe Nostromo al mismo tiempo que The Mirror of the Sea (El espejo del mar).

Conrad trabajaba con energía que él califica de <<propia de desesperado>> para enfrentar las dificultades de domesticar un idioma y dar forma a unas ideas en las que se conjugan, con particular intensidad, la visión romántica de unos valores periclitados –la noción del honor--, de una aspiración de trascendencia –expresada en una prosa vehemente de vocabulario y sintaxis complicados—y una ambición de prestigio literario –evidente en la voluntad de alcanzar cierta unidad temática y de estilo comparable al de sus admirados James y Maupassant. En 1906 el novelista se plantea el argumento de lo que será El agente secreto, publicada por capítulos en una revista de gran tirada. Ésta es una de sus novelas más singulares por la naturaleza de su protagonista, el desarrollo de su inquietante y absurdo argumento y la maestría del desenlace. La originalidad de la novela estriba en el tratamiento psicológico de sus personajes, desde Verloc hasta el inocente Stevie y en la estructura en espiral de la presentación de los acontecimientos; lo menos conseguido es la voz del narrador omnisciente, cuyo tono parece imbuido de una moral desdeñosa hacia sus personajes a los que dibuja en una atmósfera opresiva, malsana. Al contrario que El espejo del mar, El agente secreto mereció una recepción fría de la crítica, hecho que tampoco esta vez desalentó a Conrad en su proyecto de redacción de la novela que llevaría el título provisional de Razumov, y sería publicada en 1909 con el título Bajo los ojos de Occidente. Conrad era víctima de una depresión ya crónica agravada por la tensión de la escritura, esfuerzo de transmutar los acontecimientos de la biografía en elementos de sugestión literaria. Esta lucha es la que define la concepción que el novelista tiene de su trabajo, concepción a la que se mantuvo fiel a lo largo de toda su trayectoria, aun cuando la variación de argumentos y de escenarios –el abandono del escenario marino por el ambiente siniestro de las calles londinenses o rusas—o el mayor detenimiento en la intriga sentimental, induzcan a pensar en una recapitulación de sus planteamientos, tratándose en realidad de una profundización en aspectos que aparecían antes, aunque superficialmente.


En los últimos años de su carrera, y a pesar de las consideraciones de la crítica (y de los comentarios irritados de algunos de sus famosos lectores, como D. H. Lawrence, quien decía <<encolerizarse>> al leer a Conrad), su prestigio está plenamente consolidado y a ello contribuye plenamente el éxito de su publicación en Estados Unidos. Nuevos títulos se añaden a su producción: Fortuna, Victoria, Al margen de las mareas y The Shadow Line (La línea de sombra). Este último, subtitulado <<un tratado del destino>>, constituye el paradigma de la obra conradiana y, como sucede en la producción de autores veteranos, es una obra menor en la que converge lo más distintivo del estilo de su autor.

Publicada en 1917, merece que el Times Literary Supplement califique a Conrad de <<autor entre los más grandes del mundo>>. La novela, casi un relato por su brevedad, merece que nos extendamos en ella. Podemos considerarla una metáfora del proyecto novelístico de Conrad. La tripulación de un pequeño velero, al mando de un capitán desconocido, se ve obligada a aunar sus fuerzas para mantener el barco en la dirección prevista, ya que una fuerza misteriosa parece mantenerlo fuera de control. La amenaza se cierne como una presencia ilocalizable en medio de un mar en calma. El joven protagonista debe hacerse cargo del barco mientras el segundo sufre un acceso de enajenación, viéndose sometido a una prueba que le exige resistencia y determinación. La novela plantea un interrogante sobre las fuerzas que intervienen en el cumplimiento de un destino, concebido como una maquinación a la que el hombre opone todos sus recursos. El barco es el escenario de la tragedia y aparece como un organismo vivo, independiente de quienes lo manejan. La acción se reduce a la prueba de traspasar esa línea de sombra que significa la recuperación del dominio sobre el propio rumbo, y a ellos quedan supeditados los restantes elementos de la ficción. El segundo oficial, en su acceso de locura, aporta la nota misteriosa al proponer como explicación de una presencia fantasmagórica, sin renunciar de este modo a impregnar el relato de su cualidad misteriosa y sobrenatural. El protagonista cruza la línea de sombra de la juventud a la madurez, pero la iluminación del sentido más profundo, la que en cada una de sus novelas trata de traspasar para revelar y compartir con el lector el misterio que encierran los acontecimientos singulares en que se ven involucrados sus protagonistas. Acontecimientos que no basta con llamar <<aventuras>> si no es para matizar a continuación el carácter espiritual, que trasciende al personaje y le determina, de esa aventura. El misterio es una presencia latente en el mundo físico y en la naturaleza humana de la que la escritura conradiana se hace eco. Explora y quiere desentrañar el misterio, sus manifestaciones y efectos, pero nunca se interroga sobre su origen o su necesidad; de ese modo, la intriga es inagotable.


En sus últimos años de vida, la recepción de su producción literaria experimentó una inversión curiosa: el público la acogía con expectación mientras la crítica, y especialmente algunos de sus antiguos defensores, desde Henry James a Virginia Woolf, manifestaban sus reservas. Estos títulos fueron La flecha de oro, Salvamento y El hermano de la costa. También fueron años marcados por la enfermedad; Conrad moriría en 1924 de un infarto, cuando ya se hallaba en curso de publicación su obra completa.

El exilio conradiano

Después de este repaso de su vida y actividad literaria, podemos reflexionar algo más en profundidad sobre el tema, varias veces apuntado, del exilio conradiano. Nos referimos al exilio en la lengua inglesa. Al igual que Nabokov, Conrad abandonó su idioma para consagrarse a la literatura en una lengua que no le pertenecía y que acabó dominando. Sin embargo, el uso que hizo del inglés resultaba singular (se dice también que su pronunciación era <<aberrante>>): actuaba como un estudioso de un idioma extinguido, usando las palabras con gran libertad y teniendo como principio su adecuación rigurosa a su significado, sin importarle el registro o el contexto en que habitualmente se empleaban. Nabokov había escrito algunas novelas en ruso que luego tradujo al inglés. Ese proceso de reescritura, de traducción, significa en el autor ruso una forma de integración, de aceptación plena del nuevo idioma, un traslado del pasado a las nuevas estructuras. En Conrad no se da ese traslado; escribió toda su obra en inglés y si, como se dice, cuando se habla una lengua extranjera hay una parte de uno que queda en silencio, en Conrad esa afirmación es doblemente cierta: todo un pasado, toda una memoria de Polonia permanece en silencio. La evocación que puede llegarnos de esa memoria es sólo la traducción, un eco. Curiosamente, el mar resulta extraño a su cultura, igual que la lengua que eligió para expresarse. Todo parece señalar la necesidad de un nuevo elemento, un nuevo yo y un nuevo nombre. Este cambio se realiza progresivamente, en dos <<turnos>>: mar / escritura; nuevo yo vinculado a la novedad de la experiencia y cambio de nombre, conforme a esa identidad renovada.

Consciente de que un idioma es un tono, un ángulo de visión, una estructura de pensamiento, en sus novelas Conrad realiza un análisis exhaustivo de los hechos y motivaciones, de lo que parece subterráneo a la historia. Y para acentuar esa conciencia de que toda traducción no es más que el eco del pensamiento, de la idea que refiere, Conrad recurre a un procedimiento que sitúa lo mejor de su obra novelística en un rango de absoluta modernidad: renuncia a la presencia del autor omnisciente y coloca en su lugar una pantalla, un alter ego, Marlow, quien le permite construir un personaje a la medida del ejercicio de reflexión (y de refracción) en que se convierte su obra literaria. Marlow

Pero ¿quién es Marlow? Con él, el autor se erige en personaje reflexivo: es un marinero, retirado después de numerosas travesías, un extraño entre los marineros y el más perspicaz entre ellos, alguien siempre ligeramente retirado de la acción –por el tiempo que hace que aquélla tuvo lugar y por su permanente posición observadora--, y que se propone desvelar las claves, lo que queda al otro lado de la línea de sombra de un Lord Jim, de la misteriosa desaparición de Kurtz.

Conviene reconocer las simpatías de Conrad por el estilo de Henry James: como él, se interrogó sobre la práctica novelesca y contrastó puntos de vista para proyectar distintos aspectos de un acontecimiento, multiplicando las perspectivas. Ambos autores componías su tramas tratando de mostrar <<no lo que las cosas o los seres son en si sino su eco en una conciencia>>, según uno o varios puntos de vista. Esto justifica, también, el recurso al flash-back, procedimiento que parte de la convicción de haber ocupado el centro de un enigma a desentrañar, lo que demandaría, a la manera policíaca, la reconstrucción de los hechos y una voz testimonial.

El personaje de Marlow aparece en cuatro novelas: en Juventud, concebida en 1898 pero publicada en 1912, en Lord Jim y en El corazón de las tinieblas, novelas donde la figura del viejo marino adquiere su dimensión más profunda, redactadas entre 1898 y 1890, fechas que corresponden al periodo literario más fructífero del autor, y en Fortuna, primer éxito comercial y, según sus detractores, donde la fórmula del narrador personaje Marlow agota sus posibilidades.

La presencia de Marlow como narrador permite a Conrad introducir juicios e ideas; mecanismo que libera a Conrad del comedimiento del narrador omnisciente y al lector de la trampa de la identificación con la voz del que narra, para convertirse así en uno más de los que escuchan.

En Juventud, Marlow es un marino de cuarenta y dos años, ya retirado. Se dirige a un auditorio compuesto por un administrador de sociedades, un contable, un abogado de negocios y un narrador anónimo (figura que se repite en El corazón de las tinieblas) a los que relata las circunstancias de su primer viaje a Oriente, cuando contaba veinte años. El viaje sufrió numerosos percances por lo que, como es habitual en las tramas conradianas, permite a su protagonista probar su capacidad de resistencia física y moral. El joven Marlow llega a Oriente, pero no al destino que para él simbolizaba toda la magia oriental: Bangkok. El relato se inspira en las experiencias vividas por Conrad en 1881 a bordo del Palestina. Se refiere con nostalgia y cierto lirismo a su juventud. La narración supone también un esbozo de la técnica que perfeccionará más tarde, recurriendo a la misma voz de Marlow: un distanciamiento respecto al acontecimiento mediante una reflexión que quiere revelar hasta las últimas implicaciones morales de la aventura. Ya encontramos los temas distintivos del autor: el enfrentamiento a las fuerzas de la naturaleza como trasunto de conflictos interiores (de implantación en la vida); la solidaridad entre los hombres del mar; la necesidad de un código moral para hacer frente a las pruebas que pueden significar el hundimiento del individuo y de quienes se hallan bajo su responsabilidad y el ostracismo (tan recurrente en Lord Jim y en El corazón de las tinieblas).

Desde la perspectiva de su madurez, Conrad se vale de las figuras del joven Marlow y del veterano capitán del barco, unidos por una amistad filial, para acentuar el diálogo, el vínculo entre dos edades. Marlow es el doble ficticio, aunque de carácter autónomo, del novelista y no una pantalla utilizada con más o menos habilidad para expresarse con verosimilitud según la caracterización del personaje. Marlow-personaje más que Marlow-Conrad posee una experiencia y una memoria concretas que ocupan con su voz la totalidad del relato y lo conducen.

El corazón de las tinieblas


Marlow reaparece en la novela corta El corazón de las tinieblas, inspirada, como ya sabemos, en la travesía que realizó por el río Congo. Su experiencia en el continente negro le había desilusionado, además de causarle serias alteraciones de salud. En lo literario, esta novela es uno de sus mayores logros y la que mayor interés suscita entre los lectores de hoy. Marlow tiene como misión dirigirse en barco hacia el puerto comercial más lejano, en el Congo, para <<capturar>> a Kurtz, un agente que se ha rebelado para trabajar en beneficio propio. Marlow debe recuperar el marfil. Kurtz, un personaje singular, debía redactar un informe destinado a la Sociedad Internacional para la supresión de las costumbres salvajes. La selva ejerce sobre él un hechizo del que resulta el despertar de un instinto de brutalidad. Llega a ejercer un poder absoluto sobre los negros, quienes le atribuyen un poder sobrenatural.

El autor tiene interés en definir el tempo de la narración y así ésta ocupa todas las horas de espera de los marineros mientras aguardan la señal que debe permitir al barco abandonar el puerto de Londres. Las primeras palabras, a modo de introducción, son las de un personaje anónimo que os da la semblanza de Marlow: un hombre sentado en la postura de un ídolo. Es un marinero especial al que se escucha con interés. Refiere la historia mediante rodeos aproximativos, frases que producen en el lector <<fenómenos de eco o de refracción, de reverberación que amplían o completan el sentido de la historia>>. Ante todo, Marlow es una voz, una voz que se deja escuchar, del mismo modo que los distintos testimonios que va encontrando a lo largo de la travesía son otras tantas voces que completan la caracterización del desaparecido Kurtz. La acción queda subordinada a esa voz-reveladora. En el caso de Marlow, con la nostalgia de su juventud, asoma la ocasión de mostrar el valor personal con una ironía dirigida a esa misma nostalgia. Marlow se expresa con elocuencia sobre los episodios más singulares, pero no se atreve a expresar en presente la pasión o los sueños que probablemente no llegó a realizar. Y es cierto que el verdadero tema del relato podría ser <<el hecho de rondar la aventura, distanciándola con reflexiones>>.


También Kurtz, protagonista-señuelo de la novela, es primero un eco en boca de los personajes con que topa Marlow cuando remonta el río. Es un nombre conocido en toda la zona. Su aura legendaria crece conforme los distintos testimonios abundan en el carácter singular de su personalidad y de su comportamiento. El lector se cree entonces con derecho a oírle referir su historia con su propia voz. Entre el Marlow joven y el que narra se da una interacción de la que se desgaja la visión desengañada y hasta sarcástica de la política colonial. El <<documento histórico>> está implícito en el relato; todo y que las circunstancias de los protagonistas corresponden sin distorsión al momento histórico concreto, el escritor se centra en el personaje. No es Conrad un autor al que podemos encajar en una corriente de pensamiento ni definirle una filosofía. En él es más cierto que <<la presentación de seres y cosas devuelve a la conciencia la opacidad de la realidad y rechaza una simplificación ideológica>>.

Y cuando Marlow habla, se refiere en primer lugar al vínculo que une a los hombres del mar que, <<además de mantener unidos nuestros corazones durante largos periodos de separación, tenía la virtud de hacernos tolerantes para con las historias, e incluso convicciones de cada cual>>. Estas consideraciones previas se revelan imprescindibles, pues el lector, como los oyentes de Marlow, se ven sometidos a una doble tensión: la del progreso mismo del relato y a la de las digresiones del narrador, que nos alejan del centro neurálgico, la búsqueda de Kurtz.
Al principio se nos ofrece una sugestiva interpretación de lo que va a ocurrir. Marlow establece un paralelismo entre los primeros visitantes romanos que llegaron a lo que hoy es Londres en una <<incursión civilizadora>> y su incursión en el mundo también para civilizar el continente africano. Él, como entonces los romanos, sufrió un shok ante la barbarie. Pero si entonces el hombre sintió con terror la posibilidad de aniquilamiento de la conciencia –desaparecer en el caos--, el hombre moderno puede considerarse salvado gracias a su <<devoción a la eficiencia>>, el credo laico del hombre de los siglos XIX y XX. La posibilidad de pensar en un proyecto constituye su salvación. Kurtz es la antítesis de este supuesto: es el hombre no moderno por haber sucumbido a la fascinación de la selva. La fusión con lo primigenio, bajo la <<forma>> del caos, es la indiferenciación del hombre con la tiniebla de la vida, cuando el hombre es sólo naturaleza. La vida como absoluto está simbolizada por la selva africana. De ella dirá que es la muestra de los más tempranos orígenes del mundo. Ciertamente, no podemos obviar el papel que desempeña el escenario en la trama. El paisaje que atraviesa el barco es, por su plasticidad sobrecogedora, un subrayado simbólico de la experiencia del viaje. El color, los volúmenes del verde y la luz; eso es la selva; el antagonista de los personajes que viajan en el barco. Su función es semejante a la del viejo Tiresias de la tragedia griega, un intermediario entre dos lenguajes irreconciliables. Dice Marlow: <<Observar la costa mientras se desliza ante el barco es como pensar en un enigma.>> Lo mismo que un enigma contiene todas las posibilidades y una sola: <<Ahí está ante ti, sonriente, ceñuda, insinuante, grandiosa, mezquina, insípida o salvaje, y siempre muda, con aire de estar susurrando: “Ven y descúbreme.”>> Marlow va desentrañando su sentido sin estar del todo seguro de la conclusión. <<La selva silenciosa (…) se me presentó como algo grandioso e invencible, como el mal o la verdad.>> Los abundante calificativos que asocia a la selva expresan la imposibilidad de definirla de una vez. Lo misterioso no admite otra definición que la constatación de presencia: <<El cuerpo colosal de la vida fecunda y misteriosa.>> Naturalmente, la simbología no tarda en recurrir a las fuentes cristianas y así descubre el trabajo de los negros, cuya utilidad le resulta oscura, comparándola a un castigo infernal; por su parte, la jungla es una de las imágenes del Infierno: <<Tan pronto como estuve allí me pareció haber penetrado en el tenebroso círculo de algún infierno.>> Marlow tiene la impresión de realizar en sentido inverso la travesía del tiempo hasta llegar al origen del mundo, donde todas las fuerzas de la Creación se hallan en estado elemental.
Una vez se ha establecido la simbología, con su poderoso caudal de sugerencias, el personaje Kurtz adquiere otra dimensión y Marlow, en apariencia contenido, se deja ganar por la fascinación del personaje y lo que hay en esa aventura de revelador de la naturaleza humana en su grado superior; pues si existe un sentido trágico en esta aventura, corresponde enteramente al fracaso, sería mejor decir su <<caída>>, de un hombre extraordinario enfrentado a la tiniebla que encierra su propio ser. El encargo oficial se convierte en un reto de crecimiento personal. Marlow se interroga sobre las posibilidades de acceder a semejante personaje, que ha perdido todo carácter humano o civilizador, sin que por ello quepa calificar su experiencia de <<animalización>>. Se trata menos de una pérdida de la conciencia cuanto de su exacerbación. <<Algo era al menos poder elegir las propias pesadillas.>>

Su encargo no puede cumplirse según las directrices de un requerimiento al orden; el joven marino busca la manera de conectar con quien le produce un <<horror puramente abstracto>> sin conexión con cualquier peligro físico. Lo que significa Kurtz es una <<conmoción moral, intolerable para el pensamiento y odioso para el alma>>. Cómo dirigirse a quien ha rebasado la experiencia de lo racional y se halla en otro estadio de pensamiento, de autoconciencia: para influir sobre su conducta <<no podía apelar en nombre de nada noble o bajo (…) tenía que invocarle a él mismo>>.

Cuando por fin tiene lugar el tan esperado encuentro con Kurtz, Marlow ya está preparado para enfrentarlo, y el huido admite en él al interlocutor capaz de comprender su aventura anímica. Antes de su muerte le comunicará el fondo de esa experiencia, resumida en una sola palabra: <<Horror.>> El lazo establecido por Kurtz con la selva queda explícito en la aparición de la mujer <<salvaje y soberbia, magnífica y de mirada feroz>>, tan parecida al lugar que <<había algo ominoso y majestuoso en su lento caminar>> y que, como la misma selva, teme le sea arrebatada su nueva presa. El autor subraya el vínculo que une a esta mujer, de espíritu y presencia mágicos, con la selva, igual que la fascinación aniquiladora que ha podido ejercer sobre Kurtz: <<Y el silencio que había caído súbitamente sobre toda aquella tierra afligida, la inmensa selva, el cuerpo colosal de la vida fecunda y misteriosa, parecía mirarla pensativo, como si estuviera mirando a la imagen de su propia alma tenebrosa y apasionada.>> Cuando debe transmitir en términos racionales lo vivido en la jungla, Marlow confiesa a sus oyentes que no le quedó otro remedio que mentir, esto es, banalizar. Así queda reflejado en la última escena, ante la prometida de Kurtz, una mujer que reúne las cualidades burguesas, admirables cuando están revestidas de idealismo romántico. La mujer quiere conocer las palabras del hombre antes de morir. Marlow vacila acerca de su función ante la novia y sus ideales románticos: ella tiene derecho a creer que fue su nombre lo último que dijo; naturalmente. Decide mentir, aun temiendo que el cielo se desplome sobre su cabeza, antes de comprender que esa mentira piadosa y romántica es la que asegura su integridad. <<La moral más rigurosa (…) sucumbe en provecho de la moral más convencional, que incluye la piedad.>>

En Lord Jim, para algunos una novela demasiado larga, Conrad narra la desventura de un joven marino, Jim, contratado por la marina mercante británica, y que participa el precipitado abandono del barco por parte de su tripulación, en algún lugar del Mar Rojo. Los peregrinos que se dirigen a La Meca, se salvan porque el barco no llega a hundirse, y Jim es procesado, de lo que resulta la pérdida de su grado y función. Un viejo capitán, Marlow, impresionado por la complejidad del personaje, trata de ayudarle en su <<reconversión>> recomendándole para una serie de puestos secundarios. El sentimiento de culpa que acucia al joven le lleva a convertir su vida en una fuga; ésta sólo llega a su fin en las costas de Borneo, donde podrá expiarla. Marlow cuenta cómo iba sabiendo, a través de otros personajes, de la huida del joven marino. El procedimiento es similar al empleado en la novela anterior, cuando se nos describe a Kurtz por la impresión que causa en una serie de individuos, retratados a su vez por las consideraciones que hacen acerca del otro.

Abundando en el tema de las voces narrativas, observamos que en esta novela Conrad analiza los resortes psicológicos que actúan en su protagonista recurriendo a varias voces que se suman para dar una visión global de aspectos que interactúan: sentido del honor y denuncia de la cobardía de un hombre joven; espíritu romántico que es la causa misma del fracaso y de la expiación y, finalmente, un último narrador, anónimo, que escuchaba al principio y cuya intervención es una buscada relativización por parte de Conrad de la indulgencia de Marlow. En resumidas cuentas, son perspectivas contrastadas que matizan el alcance y la lectura del drama de Jim.
Una vez más, el destino de este personaje torturado parece determinado por un impulso interior al que su particular código ético le sirve de justificación. Marlow advierte la singularidad del personaje y de su trayectoria, lo que le lleva a insistir hasta la redundancia en una serie de imágenes deliberadamente enfáticas. El autor no ignora que le oyente-lector puede parecerle que le disfrazan de grandeza y desorientación la historia de un apuesto cobarde de orgullo algo tardío, por ello obliga a Marlow a puntualizar: <<Ignoro por qué razón tenía que presentárseme él siempre como algo simbólico. Acaso sea ésta la verdadera causa del interés que en toda ocasión me inspiró su suerte.>>

No podemos compartir la opinión de los que consideran la última época de Conrad una claudicación en favor de un público mayoritario. André Le Vot afirma que la tragedia de nuestro autor sería la de haber sobrevivido a sus mejores obras y haber <<alcanzado una mediocridad dorada después de haberse forjado, para atravesar el corazón de las tinieblas, una nueva lengua e inventado una nueva manera de decir.>>
Para finalizar, señalaremos que las novelas de nuestro autor que todavía despiertan el interés del lector contemporáneo, tal vez saturado de tramas y experimentaciones formales, son aquellas que reflejan las inquietudes de una época y la maduración estilística de un creador; cuando reflexiona con lucidez no exenta de visión dramática a propósito de valores que relativiza, como el egoísmo, la cobardía, la traición y la necesidad de esos mismos valores en un ambiente, el del mar, que los exalta y en un contexto histórico que los lleva a su caducidad. La reflexión gira en torno a los temas de una época –la empresa colonial, la relación entre razas--, para extenderla a un contenido de mayor alcance, acerca del destino de unos hombres cuya singularidad les convierte en catalizadores y emblemas de los conflictos del momento histórico. Ya hemos señalado que Conrad no es autor de concepciones filosóficas estructuradas: su obra se ajusta a una experiencia enriquecida por una visión dramática de indudable naturaleza literaria y un temperamento proclive a la vehemencia. Juntos proporcionan lo mejor y lo peor de su obra.

Lecciones de Literatura Universal. Cátedra, 1995. pp. 735-749

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