Porque es peligroso caer en las trampas que la depresión tiende,
no voy a empezar este artículo cediendo a la primera de esas
trampas, que es la estricta seriedad. La depresión tiene su propio
lenguaje y siempre trata de atraer todo hacia su centro de gravedad,
por lo que es habitual que las personas saludables incurran en el automatismo
de usar una postiza seriedad cuando hablan con deprimidos (o posdeprimidos),
lo que da lugar a una siempre viscosa y falsa aproximación al
asunto.
Sí, hay que ponerse en guardia contra esa tentación recordando
con qué facilidad el “gesto depresivo” se convierte
en simulacro de profundidad y evocando a Michelangelo Antonioni cuando
en los años primeros años sesenta con su trilogía
La notte, L’avventura, L’ecclisse
ponía en escena la alienación de las clases burguesas
italianas en el contexto de la rápida industrialización
del país y sus repercusiones sobre las relaciones personales.
Lo hacía con morosos movimientos de cámara, largos silencios
y primeros planos en que hermosos y jóvenes actores representaban
la confusión y el incipiente distanciamiento de su realidad todo
ello con una crítica a la pérdida de una Italia arcádica,
la Italia rural. El éxito de estas películas creó
una moda de “la profundidad”, de forma que el tópico
de mujer interesante iba ya aparejado a silencios mohínos, elegantes
vestidos negros, delgadez y miradas perdidas en la lejanía en
presencia de un interlocutor masculino, un ingegnere, un dottore o scrittore,
que a su vez manifestaba un nervioso desasosiego existencial. No todos
los espectadores que quedaron seducidos por las actitudes de Monica
Vitti, Alain Delon, Jeanne Moureau o Marcello Mastroianni comprendieron
que en el caso de la mujer su actitud traducía una inconsciente
demanda de sexualidad libre y en el caso del hombre la reticencia a
integrarse sin más en la maquinaria de producción capitalista
y que para ambos el problema generacional correspondía a un borroso
sentido de culpa por su condición de vástagos de la clase
industrial aún fascista. Pero sí lo entendió el
director Ettore Scola cuando en C’eravamo tanti amati
(1974) presentaba a un Vittorio Gassman cuarentón que encuentra
a su esposa, no mucho más joven que él, en el interior
de un coche en el garage familiar escuchando con aire estudiadamente
enfurruñado un disco, parodia exacta de una escena clave de La
notte y de la Vitti. El enorme Gassmann, tan histriónico
y olímpico como de costumbre, se burla de las pamemas de su esposa
y le recuerda las comodidades que él ha puesto a su alcance,
que justamente le dejan tiempo para ñoñerías. Es
el vigor del atleta y del emprendedor con los pies en el presente contra
el narcisismo romo y evasivo.
Con esta introducción pretendo decir que la mirada “a lo
Gasmann”, una mirada que hace alarde tanto de una cierta vitalidad
pletórica como de una responsabilidad sobre el propio destino,
es una perspectiva con la que instintivamente simpatizo. No está
a salvo, sin embargo, de su particular corolario melancólico
--como experimentó el propio Gassmann al final de su vida--:
ver contrariada la posibilidad de realizar el propio impulso creativo
del tipo que sea, incluido el empresarial, por trabas políticas
o físicas. Entiéndase por lo primero la particular conformación
no sólo de las leyes --piénsese en Cuba, o en la España
franquista-- , sino también de la concreta estructura social
que favorece a unos grupos sociales en detrimento de otros.

L'avventura,
de Michelangelo Antonioni
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L'eclisse, de Michelangelo Antonioni
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De
mis observaciones sobre el terreno en este “paisaje” urbano,
familiar y profesional y de mi suspicacia “a lo Gassman”
deriva la curiosidad por el significado de la proliferación de
personajes deprimidos en lo que conocemos como “nueva narrativa
española”, la que se dio a conocer en los años noventa.
Personajes deprimidos en segundo plano --generalmente, la figura de
la madre-- cuando los autores andan en la treintena y personajes protagonistas
en lucha con la depresión, en una suerte de duelo innombrable,
cuando esos autores rondan los cuarenta. No puede descartarse que algún
autor recurra a un personaje deprimido para decorar su novela con galas
existencialistas, pero en la mayoría de ellas se advierte ese
detalle flaubertiano, ese “efecto de lo real” en una esquina
del relato delatando la sinceridad del que conoce el tema. El mismo
hecho de que la depresión sea el argumento central es un dato
significativo pues cualquier otro tipo de asunto es, contra el tópico
del valor terapéutico de la escritura, infinitamente más
satisfactorio y oxigenante. La presencia de la depresión es significativa
porque la angustia es lo único real, “es aquello que no
engaña” (Lacan), el sentimiento de angustia no puede ser
fingido aunque su manifestación sea metáfora de un deseo,
es decir, de algo no presente. La carga metafórica de la enfermedad
es tan intensa que la mejor definición es la que se refiere a
otra cosa, en este caso al exilio, como lo define Edward W. Said: <El
exilio es algo curiosamente cautivador sobre lo que pensar, pero terrible
de experimentar>, antes de añadir: <el verdadero exilio
es una condición de abandono terminal>. Esa definición
metafórica nos acerca más a nuestro asunto de lo que lo
haría una definición médica.
Vale la pena advertir que analizar la dimensión política
del fenómeno en literatura no significa que lleguemos a capturar
todo su sentido, que siempre es dinámico y escurridizo --”es
preferible advertir a quienquiera que fuese que no debe creer demasiado
en aquello que puede comprender”, dice también Lacan--,
pero sí podemos destacar esos factores que se repiten y tienen
un valor de demanda y proyecto generacional.
La lista de títulos del primer grupo no es corta. En Algo
se ha roto, de Eugenia Kléber (Tusquets, 1997), Irene, una
mujer próxima a los cuarenta años y que debe cuidar de
su madre enferma, repasa sus vidas a través de un diálogo
impresionista, de sobreentendidos que reflejan su relación, tan
amniótica como asfixiante. A los 18 años Irene escapa
de casa, dejando a su familia sin casi nada que decirse, para repetir
el fracaso vital de su madre con hombres extravagantes o desnortados
a los que dibuja como siluetas y gestos. Algo se ha roto dibuja un universo
femenino encerrado en sí mismo que parece reclamar a través
de la locura, las amenazas de suicidio, la apatía, los gestos
e imágenes estrambóticos, la atención del hombre
para llegar a ser algo más que instrumentos del orden doméstico.
El placer es el valor ausente, mientras la incapacidad para comunicarse
con el marido, encerrado en su estrecho mundo de rutinas y necesidades
y menoscabado por un padre tiránico, deja un aliento de impotencia
ante la vida. El silencio de la madre es la respuesta depresiva a un
marido violento y ambos son el reflejo de la destemplada España
del franquismo.
Está también la madre en depresión clínica
de Julia, protagonista de La vida sin secreto (Plaza y Janés,
1997), de Paula Izquierdo. La novela, primera también como la
de Kleber, justamente arranca con un intento de suicidio frustrado de
una mujer joven. Se presenta como un flash back en que se repasan
las distintos fracasos personales de esta chica de la clase media madrileña
acomodada --no se dan datos de su filiación política,
pero los modos familiares son conservadores--, desde el abandono de
la danza clásica, la serie de novios violentos y ligues banales,
desórdenes alimentarios y otros excesos, hasta la exclusión
del domicilio familiar. Como es habitual en Izquierdo, el impulso de
emerger en la escritura de su narradora, monopolizando la narración
hasta desequilibrarla, contradice los argumentos de sus novelas y es
para el lector advertido el mejor indicio de que la depresión
a menudo forma parte del repertorio de actitudes heredadas. La insistencia
en la belleza física como un factor de incomunicación,
que en Izquierdo es un leit-motiv, delata la frustración
de quien no ve retribuida con felicidad suficiente las promesas que
la belleza encierra, y esa ventaja aparente se convierte para sus personajes,
no sin cierta perversión de la reflexión, en arma arrojadiza.
En el mismo sentido, todo el aspaviento que culmina en el conato de
suicidio hace de contrapunto a la madre enferma. El suicidio frustrado
debe leerse al contrario de lo que aparenta ser: es un apetito de vida,
una reivindicación de otra vida. Es en la novela la forma inconsciente
de zarandear a la muerte --la muerte en vida que es la madre deprimida--,
de recusarla.
Sumemos a la lista algunos títulos de Lucía Etxebarria,
y en concreto Beatriz y los cuerpos celestes (Destino, 1998),
donde la madre de una de las adolescentes protagonistas --de nuevo clase
media de la España “desarrollista”-- aparece como
de perfil engullendo antidepresivos creyendo enmascarar con ello su
incapacidad para soportar un matrimonio desdichado. Es curioso que nadie
dentro de la crítica literaria establezca el vínculo entre
las madres sedadas a base de Valium u Optalidón de los años
setenta y los hijos e hijas consumidores de estupefacientes varios en
los ochenta, noventa y hasta hoy. Como también es curioso que
nadie mencione la influencia que pudieron tener best-sellers de la época
como El valle de las muñecas, de Jacqueline Susan, en
la construcción del “imaginario depresivo erotizado”
de esa generación. Para terminar, y sólo porque aporta
un prisma distinto al mosaico, mi primera novela, La mentira
(Mondadori, 1997) presenta a un personaje femenino al que una maternidad
no asumida fuera del matrimonio impulsa a una fuga hacia delante, de
mentiras y amantes imposibles, de tal modo que mentir sobre la identidad
de ese padre-nadie le permite mantener un vínculo con sus verdaderos
deseos de juventud. El choque cultural entre la libertad de costumbres
y la tolerancia del París de los años sesenta y la cerrazón
de la España de la misma época determina el progresivo
aislamiento en un silencio tan cargado de reproche como hemos visto
en las novelas ya citadas.
En este conjunto de novelas, la depresión disfrazada de promiscuidad
o exhibida como silencio es la expresión de la incapacidad de
estas mujeres para, con independencia de su clase social, discernir,
elaborar y contestar en términos políticos y racionales
las imágenes interiorizadas de su condición femenina.
De tal forma que su cuerpo, que es el hecho de la diferencia que marca
todas las diferencias sociales y políticas, se convierte en el
instrumento, en la página, en el arma, inconsciente, instintivamente
utilizada, de su rebeldía política. El silencio de las
madres provoca el relato de las hijas; es un relato fabulador, interpretativo.
La historia silenciada de esas madres se convierte en un elemento de
intriga, desata la fantasía y la necesidad de romper un silencio
que impide la construcción de una identidad sana con vínculos
claros en el pasado, imprescindibles para forjar un futuro. De un modo
indiscutible todas estas novelas son un testimonio y una denuncia de
“lo femenino” en el franquismo. Las madres hablan por boca
de las hijas --rebeldes con la supremacía masculina, sexualmente
transgresoras, intelectualmente despiertas pero afectivamente titubeantes--
y por eso todas estas novelas dan la impresión de que el yo real
--el que ha puesto en marcha la narración, el yo angustiado que
es también el yo deseante--, está agazapado, inmaduro.
Podría decirse que esas novelas --no siempre bien entendidas--,
obedecen a una suerte de mandato inconsciente, la única consigna
política recibida de esas madres silenciadas: hablar, existir
en la palabra, hacer de la palabra una acción; pero es un error
si no una estafa intelectual seguir presentándose como víctima
una vez se ha ingresado en el territorio de la palabra --literatura,
universidad o prensa--. No se puede volver a escribir la misma novela
después de que la primera haya cumplido con la que era su misión:
quebrar el silencio.
Silencio
cargado de miedo o de fatalismo que el psiquiatra andaluz Carlos Castilla
del Pino recoge en sus libros de memorias, donde evoca la incapacidad
de sus pacientes de los primeros años de la posguerra para hablar,
para contarse a sí mismos, aterrorizados aún por las acciones
de represalia fascista contra sus familias que habían presenciado
durante la guerra. No debe suponerse que la depresión durante
el franquismo sólo afectara a personas anónimas o escasamente
cultivadas. Dámaso Alonso es una figura paradigmática
de la enfermedad inducida por la situación política. Jordi
Gracia cuenta en La resistencia silenciosa, Fascismo y cultura en
España (premio Anagrama de Ensayo de 2004), cómo
el estrangulamiento cultural que practicó el franquismo, especialmente
en el llamado quindenio negro, amargó a intelectuales que eran
de primera fila antes de la contienda y que luego sólo pudieron
enfrentar una resistencia “acobardada, timorata, precavida, cauta
y muy poco heroica” (p.19). En el autor de Hijos la ira,
el descontento que le producían sus propias claudicaciones al
redactar la obra dedicada a San Juan de la Cruz (por encargo de los
jerifaltes culturales del momento) y la depresión consiguiente
se enmascaran de crisis religiosa, una forma masoquista de plantear
una rebeldía sin cauce de expresión ante el no-futuro
que se cierne sobre las clases liberales de raíz humanista y,
asimismo, ante la conciencia de haber abrazado una opción --la
dictadura- que no es solución a corto plazo, como pudieron querer
creer, sino un proyecto seguro de desastre para la inteligencia.
Sin embargo, mejor que el libro de Gracia nos acerca a nuestro tema
el de Rafael Rojas, Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia
y exilio del intelectual cubano (Premio Anagrama de Ensayo 2006)
cuando escribe: <las dos políticas intelectuales que ofrecen
una mayor resistencia a la usura simbólica del poder son el silencio
y el exilio.> [p.23] Porque Rojas establece con acierto que los comportamientos
en un ámbito político --pero en realidad también
en casi todo-- son simbolizaciones, es decir, la evocación constante
a partir de un rasgo manifiesto, aquí el silencio, de sus traducciones
latentes. <¿Cómo puede ser domesticado por el archivo
social, continúa Rojas, el que ocultó sus críticas
por miedo o por prudencia, el que jamás rindió testimonio
mínimo de su adhesión?> Vale la pena rescatar entonces
el sentido de dicho silencio, <que habría que asociar al orden
totalitario de la segunda mitad del siglo XX>. Ya conocemos la vieja
expresión, insilio, para referirse a quienes no pudieron
abandonar el país pero que, con todo, mantenían una conciencia
no errada ni de la situación ni de su rechazo. El problema surge
cuando se ha reprimido de tal modo el rechazo al contexto político
que la expresión del mismo adquiere formas desplazadas. De esa
alienación hablan las novelas que he señalado. El silencio
profundo de la depresión, que metaforiza la propia ausencia del
presente y la negativa a mantener vínculos con él y con
quien lo puebla --esas madres ausentes para sus hijas en las novelas
mencionadas--, reproduce orgánicamente la censura sobre lo que
se percibe y se rechaza --personajes que no soportan su condición
ni cuentan con recursos creativos para “darle la vuelta”;
personajes que no pudiendo transmitir una memoria política, porque
carecen de instrucción para hacerlo, transmiten una fantasía
de libertad reducida a una evocación reiterada e idealizada de
su juventud --el tiempo en que todo parece posible-- o de geografías
a las que no alcanza la mezquindad de la represión de las costumbres
impuesta por el integrismo católico español: los Estados
Unidos como aparecen en el cine clásico, o los países
europeos que se consideran paraísos de libertad: Francia, Reino
Unido y el norte de Europa. No todavía la India y otros paraísos
para la evasión, sino, significativamente, democracias parlamentarias.
Que el significado de estas constantes no quede recogido ni en las reseñas
que se hacen de esta narrativa ni en estudios de más calado se
explica por una mera cuestión de clase: los estudios de género
y los estudios feministas, pero también los staff del
mundo de la edición, están encabezados por personas que
en su práctica totalidad proceden del mismo sector social --clase
media y media alta que coqueteó con el marxismo-- lo cual les
lleva a obviar aquellos sentidos escondidos en la narrativa que no corroboran
sus propias identidades y, sobre todo, la idea que se hacen de esa identidad.
En este sentido, incluso quien no procede de esta clase social tiende
a dirigirse hacia ella, como si fuese un centro ideal, cuando construye
un armazón teórico para explicar bien el presente o el
pasado. Y eso es lo que ocurre con el ensayo de Gracia y su utilidad
muy parcial. Este hecho explica también la percepción
de que en los últimos quince años se ha producido una
homogeneización del gusto y una horizontalidad de las propuestas
en aras de dar satisfacción a la mayoría. Y se ha establecido
lo que a mí me parece un falso debate entre esa mayoría
(resumida en la palabra “mercado”) y una minoría
cultivada. Esta confrontación la escenifica de una manera grosera
Rafael Reig en su celebrado Manual de literatura para caníbales
cuando las facciones de los escritores Sin Asunto (capitaneados por
Javier Marías, amamantado en las ubres de Juan Benet y tácitamente
considerados “niños bien“) se las ven con los escritores
Fabuladores (cuyo líder espiritual es García Márquez,
apoyados por Marsé, Mendoza, Orejudo, donde el talento no entiende
de clases) de lo cual resulta un Apocalipsis que acaba con la Literatura.
El desenlace de esta fábula con aires premonitorios es que todos
los escritores de hoy terminarán trabajando como miniaturistas
en los sótanos de una gran editorial cuyos engranajes coordina
Constantino Bértolo (¡qué casualidad!), una especie
de clerc medieval que sabe qué pide el mercado y se lo suministra
sin desmayo. La perversión de lo que cuenta Reig está
en que, dando por cierta una afirmación que Rafael Rojas hace
en su ensayo: <El tiempo de la modernidad tardía nos impone
un asombro: la obsolescencia del porvenir> (p.31), la asume sin rebeldía.
Contradice así, creyendo ofrecernos una mirada provocadora y
moderna por escatológica e iconoclasta, sus propias intenciones
pues su nihilismo tiene mucho de reaccionario. Y justo lo contrario,
una apelación al futuro es lo que contienen las tres novelas
que comento en que su protagonista atraviesa una depresión justo
cuando su autor ronda los cuarenta. Son Tokyo ya no nos quiere,
de Ray Loriga (Plaza y Janés, 1999), El hueco de tu cuerpo,
de Paula Izquierdo (Anagrama, 2000) e Intrusos y huéspedes,
de Luis Magrinyà (Anagrama, 2005). En términos de cultura
podría afirmarse que corresponden a tres posiciones distintas:
el underground de Loriga y su minimalismo poético parecen
nacer de una progresía hedonista y políticamente descreída;
la reivindicación de Izquierdo apunta menos al feminismo que
a un vitalismo femenino, previo sacrificio de las imágenes clásicas
ligadas a la maternidad, a la filiación y al matrimonio; en el
caso de Magrinyà la sutileza de su crítica lo abarca todo:
la paternidad, el éxito social y la estructura de los vínculos
sentimentales y encierra un aristocratismo joven que, creyendo no tener
ya lugar, se presenta como una narración muy culta pero fragmentaria.
Las tres novelas narran el proceso de transición desde la crisis
hasta el momento en que algo corrobora que “lo malo” ya
quedó definitivamente atrás. Pero aunque las tres son
lo que debería llamarse “novelas del Anti-Edipo“
porque apuntan a disolver las jerarquías en sus relaciones con
el entorno, y las tres giran en torno a la idea de memoria y olvido,
los argumentos son muy variados:
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| Tokyo
ya no nos quiere - Ray Loriga |
El hueco de tu cuerpo - Paula Izquierdo
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Algo
se ha roto - Eugenia Kleber |
Loriga presenta a un Rimbaud perdido en los desiertos de Arizona y otras
desolaciones urbanas. Este joven dealer, cuya novia ha muerto,
trata de anestesiar su dolor ingiriendo a troche y moche la sustancia-estrella
que él mismo vende: una droga que provoca una amnesia selectiva,
una victoria “sobre la tiranía de la memoria“. La
acción tiene lugar en un futuro donde han desaparecido algunas
enfermedades pero queda la violencia de Estado --la pena de muerte--
y la violencia privada de los obsesionados por la seguridad. En su lenguaje,
ni Loriga ni sus protagonistas ceden a compromisos con la autoridad
típicamente adulta y así se autoafirman situándose
expresamente “al margen de las ilusiones comunes”. En ese
territorio distorsionado por las drogas y estilizado por una épica
de la rebeldía adolescente, se hace un elogio del olvido, controlado,
y del recuerdo, depósito de emociones. Pese al dolor que encierra,
el pasado constituye la identidad. Con todo, hay algo más interesante
y es esa divertida sexualidad “polimorfa” del protagonista,
que lo mismo se acuesta con la madre de su novia, con un camionero que
le cae en suerte o con una bella oriental. En realidad, lo que Loriga
hace es, de otro modo que Magrinyà, refutar las imágenes
de lo masculino que lo asocian a un yo fálico y ultraperformant.
Con su indolente ironía habitual viene a probar la afirmación
lacaniana en “Un asunto de macho“: que no existe un “ser
hombre” sino que toda vida de hombre es un intento de aproximación
a la imagen interiorizada de “ser hombre“, un objetivo inasible
y de ahí su fuerza motivadora (para el que no se confunde). Pero
son muchos los que se confunden: <Los hombres matan a las mujeres
porque no pueden soportar a las mujeres reales que viven dentro del
cuerpo de las mujeres que desean>. También viene a decir que
el poder masculino está en un lugar otro que su sexo, en una
resistencia. La crisis que Loriga relata demostraría que de nada
sirvieron los cinturones de seguridad mental que le ofrecía su
“exilio” cultural --los hippies, sus autores fetiche: J.G.
Ballard, Bukowski, Carver o Ginsberg y Kerouac-- para no acabar dándose
de bruces con el Edipo español, es decir, qué hacer con
el pasado, con la tradición española, el realismo castizo
y costumbrista, que es la tradición que lee, critica y califica
su narrativa. Y que así suceda es lógico, pues como señala
el crítico Terry Eagleton: <No puedo elegir entre mi cultura
y la de otro porque mi decisión está destinada a realizarse
desde dentro de mi propia cultura, y no desde algún otro lugar
desinteresado exterior a ella. No se puede estar en ningún lugar
de ese tipo. Así que o estamos dentro y somos cómplices,
o estamos fuera y somos irrelevantes>. La defensa de una “amnesia
selectiva” se neutraliza con el elogio de la belleza de vivir:
<La eterna espiral de la resistencia. Se limpia la sangre en la espada
mientras se espera la siguiente batalla>, lo que es por sí
solo un bello programa político.
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Beatriz y los cuerpos celestes - Lucia Etxebarria
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Intrusos
y huéspedes - Luis Magrinyà
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Muy distinta relación con su angustia y con la depresión
es la del personaje de El hueco de tu cuerpo, y la del actor
de Intrusos y huéspedes. Ante todo, es preciso no ser
ingenuos, no creer en lo que nos cuentan. Más bien, creer todo
lo contrario. En primera instancia, hay que afirmar dos cosas: que a
menudo la depresión estalla porque uno no puede decir lo que
sabe a quien no sabe, y no puede hacerlo básicamente porque entonces
rompe el vínculo de su intimidad consigo mismo que es, ante todo,
un proyecto, probablemente de enunciación poética. Y también
porque una de las cosas que instintivamente sabe el deprimido es que
su angustia es un <término intermedio entre el goce y el deseo,
en la medida en que es una vez franqueada la angustia, fundado en el
tiempo de la angustia, como el deseo se constituye>. La angustia
es la toma de tierra, la toma de contacto con el deseo real. En las
novelas de Izquierdo y Magrinyà, so pretexto de la depresión
provocada por la muerte del bebé recién nacido y de la
madre enferma de cáncer (en El hueco de tu cuerpo),
y por el desajuste en la rutina de un hombre en precario causado por
la llegada del hijo adolescente (en Intrusos), lo que se nos
cuenta de veras es que la maternidad/paternidad sólo existe como
deseo, que lo que debe existir previo a todo es una identidad con el
deseo de sí mismo. La novela El hueco... está
recorrida por una pulsión de muerte y de fragmentación
del cuerpo, de ideas de escisión y pérdida y recuperación
donde la fotografía y el sexo actúan como instrumentos
de aprendizaje del apego y el desapego en un presente ya sin vínculos
“morales”. Fotografía y sexo como procesos alquímicos
de la memoria y de reubicación en el presente, dentro de una
reconstrucción que en último extremo ha de leerse como
un deslizamiento social de la protagonista desde la clase media acomodada
hacia las clases medias urbanas con la precariedad como signo distintivo.
La apariencia transgresora de las escenas de sexualidad sin tabúes
en realidad describen un proceso de revalorización personal en
un contexto social, el nuestro, en que la condición femenina
obedece sin cuestionarlas las pautas de una modernidad que sólo
reconoce el éxito como señal propia. La depresión
tras la muerte del bebé da lugar a lo que los médicos
llaman acting out, designando así <los intentos neuróticos
de resolver problemas por el sistema de hacer algo>. Aunque la depresión
evoca el duelo por la pérdida, también hay un elemento
de inculpación silenciado, una conciencia cabal de la propia
hostilidad hacia el bebé y, más interesante, de que era
preciso que el bebé muriera para que la protagonista naciera
verdaderamente.
Las tres novelas que comento hacen una reivindicación tácita
a través del uso transgresor del sexo, el alcohol y las drogas
de lo que Mircea Eliade llama el “yo orgiástico”:
el yo del trance es también el yo sagrado de los primitivos.
Es natural que algunos lectores avezados hayan interpelado esta narrativa
tachándola de pueril comparándola con las cotas de clarividencia
política, de estilo e identidad alcanzadas por autores de otras
épocas en España y por la literatura latinoamericana del
boom. Cuando después de sufrir un “psicosíncope”
que hace estallar su presente, el protagonista de Intrusos se lanza
con los colegas de su hijo en pos de la “esencia de sasafrás”
para fabricar éxtasis puro y renuncia a montar la obra de teatro
“Gualterio”, que ha dado pie a muy brillantes reflexiones
sobre la necesidad de renunciar a poner un sentimiento en lugar de otro
sólo porque se supone que siempre debe haber un sentimiento,
tienta calificarlo de pueril salvo porque toda la novela destila una
lucidez inusual. No sólo por la reivindicación del “lugar
otro” después de la depresión, por la crítica
a las historias de salida de la depresión como “historias
heroicas”, sino también por la conciencia de su ambivalente
relación con la paternidad:
<Ya se sabe lo guapos que están los niños mientras
duermen, pero esta célebre observación no es expresión
de un alivio trivial, sino de una fatal melancolía. Es sólo
una fórmula invertida para expresar lo poco guapos que están
despiertos, es decir, para expresar el deseo de que, en efecto, no
estén despiertos. Yo añoro a Andrés [su hijo]
porque no está. Los hijos tienen mucha suerte de no estar dormidos
o de no estar de vez en cuando; así se les quiere más.
La añoranza es real; el deseo de que se ausenten, de deshacernos
de ellos, también> (p. 124).
El
actor de Magrinyà es alguien que sabe de la ceguera de los demás,
pero no puede decirlo y por eso escribe un diario. Y en la novela, que
no es el lugar de la confesión, se omite casi todo: el por qué,
el cómo, el sexo, el comentario político costumbrista.
Sólo deja al yo reivindicándose contra todo en su puro
estar presente. Una primera parte que es desatado síntoma de
malestar, de conciencia de la farsa en que viven los otros, que creen
literalmente en sí mismos; un estallido ante el hijo-intruso,
cuyo contenido no nos relata porque <¿Cómo decir lo
que es del orden de lo indecible, y cuya imagen, sin embargo, quiero
hacer surgir> , y una decisión de recuperar su contacto natural
con la vida, inspirada por la observación de los compañeros
de su hijo en sus trances habiendo ingerido DMDA, éxtasis puro.
El proyecto es liberarse de las “palabras que nos piensan”:
éxito, fracaso, solvencia, paternidad feliz, sexualidad olímpica,
realización en el trabajo, deudas históricas, e instalar
en su lugar una ética de la acción casi hemingwayana:
<Qué bendición, por una vez, pegarse a lo que ocurre,
a las cosas, a los hechos, confundirse con ellos, [...] sin que le
detenga a uno todo lo que los rodea, impulsa, determina. Ser su sombra,
ir adonde ellos van, adoptar la forma que ellos adopten. ¿Estaré
dejando de ser, siendo sombra, un hombre simbólico?> (p.114).
Magrinyà
es el más radical de los autores que he mencionado: disfrazado
de outsider es un especialista en el sabotaje de todas las certidumbres,
de todas las solidaridades. Aparentemente no resuelve su “problema”,
ya que la salida de la depresión no se traduce en una nueva pareja
(al contrario que en la novela de Izquierdo), un mejor empleo y hasta
su hijo pone tierra de por medio. Pero el triunfo es real, pues crea
un espacio propio, poblado por la gente que él elige, dedica
sus atenciones paternales a un muchacho enfermo que sí le necesita,
cambia de trabajo a una escuela de teatro donde no será sólo
un factor de rentabilidad. El éxito que presentan las tres novelas
es la ruptura con una personalidad masoquista y la consolidación
de un yo autónomo, crítico con el entorno y creativo,
es decir, proyectado hacia el futuro. Las tres representan a sus protagonistas
convertidos en “piltrafas humanas”, sujetos a unos ideales
del yo insostenibles y de raíz burguesa y los tres tienen que
refundar ese yo a partir de un momento crítico --el duelo por
la pérdida de “lo familiar”: personas o territorios--
que les obliga a contemplar de frente su deseo, su propia cara.
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Reflexiones sobre el exilio - Edward W. Said
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A
esta narrativa se la ha tratado de menos porque contrarían el
ideal de un yo heroico, volcado hacia lo social, y ofrecen el espejo
de una realidad reducida a las pequeñas solidaridades de grupo,
desligada de las grandes narraciones políticas del pasado. Pero
la nueva narrativa supone a la vez una emancipación de las herencias
familiares y un rechazo activo a esas grandes y falsas narraciones escritas
por las generaciones anteriores que no han dejado vacante ningún
lugar de poder y que siguen emitiendo discursos radicales.
La ruptura con el pasado a través del duelo y la conciencia de
no poder asumir nada de ese pasado es la prueba de la sinceridad del
proceso, porque, recuperando la metáfora de Said para definir
la depresión como exilio: <Es la grieta imposible de cicatrizar
impuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero
hogar: nunca se puede superar su esencial tristeza. [...] Los logros
del exiliado están minados siempre por la pérdida de algo
que ha quedado atrás para siempre>.