PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN
prólogo a EL SOMBRERO DE TRES PICOS

© Texto: María José Furió
Ediciones Océano, Clásicos Universales, 2001, Barcelona.

Link para escuchar "El corregidor y la molinera" de M. de Falla.
http://www.echo.ucla.edu/Volume5-Issue2/reviews-media/schwartz-cor.html

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Pedro Antonio de Alarcón nació en Guádix (Cádiz), en 1833 y murió en Madrid en 1891.

Procedente de una familia de ascendencia noble e hidalga pero sin recursos, cursó estudios de Leyes en Granada, que cambió por los de Teología forzado por el empeoramiento de la situación económica familiar. En esta época hizo sus pinitos literarios con unas poesías que traslucían la influencia del romántico Espronceda, y cuya aceptación le empujó con apenas 20 años a buscar fortuna literaria en Madrid.

El éxito no le acompañó por lo que regresó a Granada, donde fue uno de los miembros más conocidos de la llamada cuerda granadina (con Manuel de Palacio, Castro y Serrano, Eguílaz, Mariano Vázquez, etc.), animadora de la vida cultural de la ciudad andaluza. Trasladados algunos de sus miembros a la capital, se los conocería como la <<colonia granadina>>.

Desde el principio, los rasgos más sobresalientes de su talante y estilo fueron la capacidad fabuladora y de improvisación, rasgos que no cambiarían con el tiempo, a diferencia de sus simpatías políticas; pues el hombre que en su juventud fuera liberal y participara en primera línea de la <<vicalvarada>>(1854), acabó defendiendo tesis ultraconservadoras, mostrándose contrario a toda influencia procedente del extranjero, y especialmente de Francia, por las cuales se le tacharía, incluso hoy en día, de ultramontano.

De nuevo en Madrid, fue director de El látigo, periódico satírico y antimonárquico. Justamente su carácter rebelde e impulsivo, en el que influiría no poco el despecho por la situación familiar, y su formación básicamente autodidacta, determinarían algunos vaivenes en su evolución y fortuna tanto literaria como política. Tal vez uno de los detalles más ilustrativos al respecto sea el mutismo literario de sus últimos años, como muestra de disconformidad por lo que creía un rechazo generalizado de su persona. También puede entenderse en el mismo sentido su reacción a un hecho de los más decisivos de su vida por sus implicaciones: el duelo con el poeta venezolano García de Quevedo, quien le perdonó la vida disparando al aire. A esto siguió una profunda crisis, que resultó en una ruptura con su pasado de activista --<<revoltoso>> para otros-- y en una acentuación de sus antiguas creencias religiosas. Todo ello tendría una traducción en su obra literaria, que tomó derroteros más conservadores.

Publica sus primeros textos en la prensa, estrena El hijo pródigo y la novela El final de Norma (1855). Las influencias más patentes proceden de autores franceses como Dumas, Victor Hugo, y el inglés Walter Scott; influencias que se enriquecerían posteriormente con Balzac y Georges Sand aunque sobresaldrían entre todos su entusiasta admiración por la obra de Cervantes, Quevedo, Goethe y Dickens.

Su antimonarquismo no fue obstáculo para que, receptivo al ambiente patriótico del momento, se alistase voluntario a las órdenes del general Ros de Olano. De la experiencia militar resultaría el reportaje Diario de un testigo de la guerra de África (1859), cuya extraordinaria acogida le permitió dos años después financiar un viaje a Italia. De Madrid a Nápoles volvería a darle fama y dinero. De él se dice que fue uno de los grandes periodistas del siglo XIX, por la eficaz amalgama de dotes de observación, lirismo, y empatía con el material narrado. En 1865 contrae matrimonio con Paulina Contreras y Reyes, en quien encontró el contrapeso a su talante impetuoso. Sus simpatías por la causa liberal le llevan a firmar en 1866 la protesta de los unionistas contra el gabinete de Narváez-González Bravo, una manifestación más de su interés por la política española, que culminaría en su nombramiento como consejero de Estado durante la Restauración de Alfonso XII (1875). En 1873 publicó La Alpujarra, narración histórica sobre los moriscos. Por entonces el estilo de Alarcón ha cristalizado y sobresale, como bien señala Arcadio López Casanova, por la <<facilidad, dinamismo creador, movimiento intuitivo>> en un estilo <<torrencial, espontáneo y de trazo ágil>>[ 1] que suele introducir en sus temas la <<evocación del pasado, la presencia de elementos fantásticos, la estilización de lo popular y la intención doctrinal>>.

Un estilo que encontraría en El sombrero de tres picos, publicado en 1874 y considerada unánimemente la mejor de sus obras, su más feliz plasmación. Otras obras suyas fueron las novelas cortas recogidas en los Cuentos amatorios, Narraciones inverosímiles e Historietas nacionales (1881) y El niño de la bola (1878) y La pródiga. Su obra dramática --El hijo prodigo-- y su poesía --Poesía serias y humorísticas (1870)-- no tienen la relevancia de su obra en prosa.

EL SOMBRERO DE TRES PICOS

El sombrero de tres picos obtuvo un éxito extraordinario desde su publicación en 1874. Los antecedentes del texto que Vicente Gaos[2 ] califica de cuento <<más feliz, acaso, del realismo español>> son tan jugosos como el tratamiento que Alarcón le daría, y en el que, como veremos, importa tanto lo que omite como lo que incluye.

Publicado primero en la Revista europea (2 de agosto de 1874), se inspiró en el <<peregrino argumento>> de la conocida como historia Corregidor y la Molinera, de la que corrían numerosas versiones, en romances de ciego, en el Romancero General, en forma de sainete de mediados del siglo XIX y, con trazo más grueso al gusto zafio de la plebe, <<pervertido por los groseros patanes de otras provincias>>. Se cuenta que Alarcón le ofreció a José Zorrilla que aprovechara la idea para una obra teatral, sin que el autor del Tenorio llegara a concretar el proyecto, que terminó recuperando Alarcón con óptimos resultados.

El argumento puede resumirse como sigue: en una localidad andaluza, tiene su molino el murciano tío Lucas, hombre feo pero dotado de todas las cualidades, casado con la señá Frasquita, monumental navarra de carácter tan alegre que tiene rendido a lo más granado de la ciudad, que todas las tardes acude a la tertulia del molinero. El Corregidor, cincuentón, madrileño y libertino, compendio de defectos y malas artes, encarna los abusos del Antiguo Régimen, simbolizado en el Sombrero de tres picos que luce. Perdidamente enamorado de la molinera, cae en la trampa que el día de San Simón y San Judas --un 28 de octubre de 1805-- maliciosamente traman los molineros para reírse de sus apremios amorosos. Despechado, jura vengarse para lo cual idea con su Alguacil y sombra, Garduña, la manera de hacer caer a la molinera. Esa noche se arma la de Dios es Cristo cuando los planes de llegar a la cama de la navarra se tuercen y cada personaje, amparado en la oscuridad de la noche y obnubilada su razón por el temor a las consecuencias de un enredo del que sólo se conocen a ciencia cierta sus propios actos e intenciones, intenta resolver el desaguisado, ya sea vengando el adulterio, saliendo a defender su inocencia o poniendo pies en polvorosa. En la acción se suceden los episodios grotescos, con tintes de farsa cuando las identidades mudan ilustrando así el cambio de sentimientos de los personajes. El cambio de identidad más significativo está representado por el intercambio de vestuario entre el Corregidor y el Molinero. La identificación del atuendo y la identidad profunda del sujeto se subraya con frases como: <<¡Vísteme! El amante se va a convertir en Corregidor>> (cap. XXIV) o el Molinero: <<¡El traje de Vuestra Señoría me ahoga!>>, con la consiguiente réplica del Corregidor: <<¡Porque no lo entiendes!>> (cap. XXXII). Una muestra más, por si hiciera alguna falta, de lo poco que debe esta breve obra, pese a su tono, a la improvisación.

El lector se deja llevar por la acción gracias a su ritmo, que hoy llamaríamos trepidante y es deudor del clásico <<dinamismo barroco>> con notas cervantinas. Alarcón lleva la peripecia sustentada en la sospecha de adulterio y el restablecimiento de la verdad al límite de lo verosímil, de modo que cada personaje, al creer en peligro su estima social y traicionados sus sentimientos, descubrirá su auténtica naturaleza y apetitos, es decir, <<de lo que es capaz>>. Al clarear al día, cada cual estará donde le corresponde, y Dios --la Iglesia encarnada en la ecuanimidad irónica del Obispo y la Corregidora-- velando por todos.

La comicidad del cuento reside en buena parte en el desenfado con que el narrador maneja la trama y en cómo lleva a su lector en volandas de un capítulo a otro, tomándose libertades destinadas a acentuar el carácter de fábula (y seguramente lección) de la anécdota: <<supuesto que tenemos carta blanca para andar más de prisa que nadie>>, sin dejarlo nunca confundido, para lo cual hará que los personajes manifiesten en voz alta sus temores sobre lo que ha de ocurrir y consiguiente reacción, un truco muy útil cuando, en una obra que en realidad trata de la transformación de la identidad cuando peligra la base que la sustenta, ya no se sabe qué puede hacer nadie. Abundando en lo mismo, y dejando de lado la socarrona crítica al sistema político del Antiguo Régimen, el asunto abraza el humor popular para ilustrar con las peripecias de molineros, corregidores y acólitos, el dicho: <<la verdad habla por boca de los irracionales>>, en este caso las burras, pero no sólo, ya que todos ven trastornado su “raciocinio” y obedecen a partir de entonces a su naturaleza más profunda, al instinto de defender hasta el final sus valores, aunque sean éstos el poder con sus prebendas. Con mucha habilidad, Alarcón no explota hasta agotarla esta escena que viene a resolver el colosal enredo en que termina yéndoles la vida a todos y que Garduña, ejemplo de oportunista político, resume en una petición a la señá Frasquita: <<Si usted no arregla esto, nos van a ahorcar a todos>>.

Vuelve a ser López Casanova el que da en la diana cuando, al señalar que la acción está ambientada en Andalucía, después de que su autor eliminara una alusión más concreta al reino de Granada, recuerda que Sobejano decía que tanto Juan Valera, el autor de Pepita Jiménez (1874), como Alarcón novelizan <<desde el lado de la maravilla>>. Ambos escritores escriben en un período de transición, desde el idealismo al positivismo, del romanticismo al realismo; y los periodos de transición suelen ser fructíferos porque en ellos emergen nuevos valores que se encarnarán asimismo en grupos sociales hasta entonces postergados.

Maravilla es la abstracción que se hace de dos lugares: el Molino, el Lugar Próximo y la Ciudad, lo que supone convertir el Molino en un trasunto de la Arcadia feliz, el locus amoenus pastoril y Paraíso anterior a la caída. La felicidad se refleja por igual en la pareja de los molineros y en la prodigalidad del tío Lucas --especie de propietario de Cuerno de la Abundancia-- como en el Alarcón capaz de urdir a partir de simples tipos costumbristas una fábula sobre el carácter español y su devenir político inmediato. El lector atento descubrirá que ningún calificativo, por descabellada y confusa que resulte la acumulación de epítetos, es gratuito o improvisado.

En El sombrero de tres picos el grupo emergente es el Tercer Estado, es decir los molineros, a los que el contacto con las costumbres foráneas (pasaron cierto tiempo en Madrid), una instrucción esmerada aunque destinada a otro quehacer (tío Lucas “iba” para cura), algo de mundo (el molinero también pasó por el Cuartel) y mucha picardía (<<tráfico de influencias>> en el Molino) les ha despertado la conciencia sobre su valor, intereses y ocasiones de mejorar de condición. Alarcón viene a contar entre líneas que más peligroso que un hatajo de revolucionarios (Cortes de Cádiz) es para un régimen retrógrado y abusivo el valor que se atribuye un hombre hecho a sí mismo: <<Yo habría dado muestras de tener muy poca alma, muy poco talento, si al remate de mi vida fuera digno de compasión. ¡Todos se reirían de mí! (...) Lo que yo necesito es vengarme y, después de vengarme, triunfar, despreciar, reír...>>.
Alarcón busca retratar una época, evocar lo mejor que tuvo y descubrir, acompañado por su lector, el germen de los cambios que se estaban gestando. Con ello va implícita la defensa del <<ser>> español, que debe entenderse también como la pervivencia en el escritor de sus juveniles convicciones idealistas, románticas.

¡Dichosísimo tiempo aquel...!

El cuento contiene una crítica a los tiempos modernos y al realismo <<chato>> que traían consigo. En su nostálgico y zumbón canto a los viejos tiempos, reivindica los géneros genuinamente españoles <<dictados por una realidad con variedad de clases, de afectos y de costumbres>>, que hacía del pasado una continua fuente de inspiración para los poetas <<que encontraban un entremés, un sainete, una comedia, un drama, un auto sacramental o una epopeya detrás de cada esquina, en vez de esta prosaica uniformidad y desabrido realismo que nos legó al cabo la Revolución Francesa.>> (cap. II).

El momento histórico de la narración es clave en varios sentidos. El principal, porque al evocar un periodo a caballo de dos grandes épocas se habla de un tiempo en suspenso en que las leyes de la costumbre pueden subvertirse y, en consecuencia, cada cual actuará según le dicten sus <<entrañas>>. Alarcón refiere cómo la Revolución Francesa y las tropas napoleónicas habían cambiado el mapa de Europa y la conciencia de sus habitantes, salvo en España, apegada <<a sus rancias costumbres, en paz y en gracia de Dios, con su Inquisición, su pintoresca desigualdad ante la Ley (...) Su carencia de toda libertad municipal o política, pagando diezmos, primicias (...) y hasta cincuenta tributos más>>. Ante este panorama de inmovilismo absoluto, los españoles no tenían una percepción realista de la amenaza que suponía el ejército francés para la integridad nacional, pues el singular contexto español no dejaba ver que aquella calma chicha, durante el reinado de Carlos IV de Borbón, precedía a la borrasca en <<que, contra la previsión de todo el mundo, entraron en España los ejércitos de Napoleón y se armó la Guerra de la Independencia>>.

Hay una clásica crítica de Corte y alabanza de aldea, aunque revivir el pasado ya sólo será posible por la vía de la representación y ésta, lo que es coherente con el talante español, tiene mucho de juego, de teatro, de comedia burlesca y, en su vertiente popular, de batiburrillo de influencias. Los distintos caracteres tienen mucho más de tipos que de psicologías. Sin embargo, Alarcón acierta a personalizar a sus protagonistas, como prototipos de lo que pronto recalará en la novela realista y su interés en reflejar los vaivenes psicológicos, mediante unos pocos gestos y silencios en los que se comunican ese sentimiento capaz de hacer frente a todas las sospechas y Corregidores en remojo. Sus actos hablan por ellos, dicen quién son, y todos mostrarán el fondo de su alma cuando (resumido en el <<mañana te ahorco>> del Corregidor a Garduña) verán cómo peligra su vida o la forma complaciente que ha venido adoptando.

Como recuerdo del tiempo anquilosado y de las costumbres encalladas está la figura del Corregidor con su distintiva capa de grana y sombrero de tres picos, <<formando una especie de espectro del absolutismo, una especie de sudario del Corregidor, una especie de caricatura retrospectiva de su poder>>. Y aunque todo esté destinado a desaparecer o a mudar --así el alumbrado de las calles y las ordenanzas de buenas costumbres en la calle--, el absolutismo, con sus usos y abusos, que aquí encarnan el Corregidor y el Alcalde, no desaparecerá plácidamente.

El adulterio como pretexto

Suele comentarse a propósito de esta obra que aparece libre de corsés ideológicos que luego llegarían a perjudicar la obra de Alarcón y que el puro placer de la narración prima en ella sobre todo lo demás. Lo demás es, por supuesto, el tema de adulterio. Quienes recuerdan que las versiones populares daban por hecho el adulterio atribuyen al conservadurismo de Alarcón que en El sombrero de tres picos el Corregidor no logre su propósito. Pero otros estudiosos, entre ellos Vicente Gaos, subrayan que el adulterio era un tema propio de drama o de tragedia, nunca de comedia. Cuando en el Prefacio el autor defiende su versión renegando de las <<pervertidas>> por el vulgo, afirma que se trataba de restablecer la verdad de los hechos y que, como no podía ser menos, su versión sería aquella en que saliera mejor librado el decoro. El adulterio está presente en el cuento, como se ve al hablar del Alcalde, cuya sirvienta es <<más buena moza de lo que convenía a la Alcaldesa y a la moral>>. Pero no es el asunto central, y sí la lucha por defender la propia integridad contra las acometidas --aunque torpes o ridículas-- del enemigo exterior, cuyas costumbres libertinas contrarían el orden natural y propicia actitudes desplazadas de todos los estratos.

El amor que une a la pareja de molineros es el sustento de su identidad, hasta el punto que, como dirá tío Lucas, cuando éste falte ninguno de los dos será ya el que solía ser, con lo cual tampoco podrá decir qué ha de ocurrir. Sobre esta premisa se organiza el argumento y su intriga, además de captar la simpatía del lector --o espectador cuando el narrador era el <<zafio pastor de cabras>> con quien arranca el libro. El tío Lucas se convertirá en un Otelo de Murcia, mientras la señá Frasquita, encarnación de lo mejor de España, será a la vez <<intrépida navarra>> y peñasco desde donde empezará la nueva Reconquista vengándose así la deshonra causada por la intrusión en el Paraíso de su amor absolutista del libertino Corregidor. De ahí también la escena de la parra, una escenificación de la tentación de Adán y Eva por la serpiente, donde no se sabe quién es quién: si la molinera es la manzana y Eva, el Corregidor el Diablo y Adán, y el Molinero, Dios y la serpiente, al tiempo que, tratándose de uvas que no se llegan a comer, sale a colación la fábula de la zorra y las uvas verdes. Como se ve, de la superposición en clave irónica de alusiones míticas y literarias, que se extiende hasta los epígrafes de cada capítulo, se sigue un divertimento de contenido más hondo que el disparatado enredo que quita el sueño a los habitantes del molino y sus aledaños.

Dejamos para el final que el papel que juegan la Corregidora y el Obispo, un papel simétrico, ya que uno y otro demuestran siempre saber estar en su sitio y ser capaces de devolver a su cauce las aguas salidas de madre

Que el tema del adulterio es sólo el pretexto para hablar de otros asuntos se ve en la conclusión, pero también en las palabras con que el cabrero Repela se dirige a su auditorio que está escandalizado, o finge estarlo.

<<¿Qué se saca en claro de la Historia de El Corregidor y la Molinera? ¡Que los casados duermen juntos, y que a ningún marido le acomoda que otro hombre duerma con su mujer! ¡Me parece que la noticia!...>>

María José Furió.

 

Notas:
1) Arcadio López Casanova, Prólogo a El sombrero de tres picos, Editorial Cátedra, <Letras Hispánicas>, Madrid, 199, 22ª ed., p. 18.
2) Vicente Gaos, <<El acierto de Alarcón: El sombrero de tres picos>>, Historia y crítica de la Literatura Española, vol. 5 <<Roman-ticismo y Realismo>> dirigido por Iris M. Zavala, Crítica, Barcelona, 1982, p. 433.