Oh,
deus ex machina. No fue la cercanía sino el consuelo
que esperaba de él lo que le hizo tomar conciencia de toda la
distancia recorrida desde que dejó Barcelona. Su viaje se reveló
duelo y era ya un conjunto de pensamientos lúcidos y dispersos,
de paisajes caminados, la impresión que fue dejando la energía
de los hombres integrados en la hora que pasaba y un quehacer: policías,
fellahs, tenderos papando moscas a la entrada de sus tiendas, parroquianos
extasiados en cualquier taberna de cualquier calle en un barrio mísero,
lustradores cojos, tullidos que limosneaban, muleros, cantores, tejedores,
pícaros, comerciantes, traficantes de alcohol y tabaco americano
de las tiendas libres de impuestos, conductores, risueños guardianes
en la entrada de las pirámides, aldeanos, maestros con su reata
de chiquillos, hombres, millones de hombres anónimos para aprender
a ser uno de ellos, sólo un hombre entre miles, y zambullirse,
llevar consigo las imágenes del verdor resplandeciente de los
oasis, los polvorientos y vacíos caminos, el terso azul del amanecer
sobre el Nilo y su prodigioso homenaje a los muertos, un conjunto de
extravíos, de ira diluída en tristeza atónita,
de retornos, de vueltas sobre un punto central. Él mismo.