El barro junto
al bordillo, el hocico del perro pegado al cristal, un silencio de sordos
al otro lado de la ventanilla, las recias botas de montañero
y la ropa negra; su cabeza recostada sobre el brazo derecho, los rizos
que le caían sobre la frente y algo más. Ese algo más
era el deslizamiento del coche y el zumbido apagado del motor mientras
circulaban suavemente sobre la calzada. O sobre el sueño.
(Continúa
en...)